Fingí ser virgen tres años para controlar a mi novio
Elegí al chico más codiciado del pueblo no porque lo amara, sino porque necesitaba a alguien a quien moldear mientras mi cabeza estaba en otra parte.
Elegí al chico más codiciado del pueblo no porque lo amara, sino porque necesitaba a alguien a quien moldear mientras mi cabeza estaba en otra parte.
Subió con dos táperes y una sonrisa demasiado amable. Él tenía veintidós años, todo el fin de semana libre y una idea que sabía que no debía tener.
Sabía que el profesor Aníbal me miraba el cuerpo cada vez que me despedía. Esa tarde entré a su aula dispuesta a usar esa mirada a mi favor, fuera lo que fuera.
Nunca le dije lo que imaginaba por las noches mientras ella dormía a mi lado. Esta es la confesión que llevo callando desde que llegamos a esa ciudad.
Vino a pedirme la impresora y se quedó mirando la pantalla con una pregunta en la punta de la lengua que lo cambió todo entre nosotros.
Subí a aquel piso por un corte de pelo. Ella abrió la puerta con la promesa de quedarse en tanga delante de un completo desconocido.
No habían pasado ni cinco minutos de película cuando su mano ya buscaba debajo de mi short, y yo, en lugar de apartarla, recé para que nadie en la sala volteara a mirarnos.
Le mostró su teléfono con las manos temblando. No era un mensaje de otro chico: era una lista de búsquedas que confesaba todo lo que llevaba años callando.
Crucé la puerta esperando una fiesta normal. Encontré un patio lleno de chicas en bikini, ningún otro hombre y una anfitriona con una sonrisa que no era amable.
Cuando su novio se marchó dando un portazo, ella se quedó de pie en mi cocina, descalza, esperando a que yo dijera la primera palabra de su nueva vida.
Encontré a mi amiga temblando en el baño de aquella cena. Cuando pregunté quién la había dejado así, jamás imaginé que diría el nombre de nuestro profesor más temido.
Cuando entré en aquel ático con las cuerdas colgando de las vigas, entendí que esa noche no me pertenecería a mí misma.
Caminaba entre las aulas vacías con la carpeta bajo el brazo y la regla de acero en la mano, sin imaginar que esa noche tres abusadores aprenderían a temer el sonido del metal.
Llevaba un año tragándome sus burlas en silencio. Esa tarde, cuando me sujetó de la camisa para humillarme, mi mano encontró dónde apretar.
Sintió la mirada antes de verla: alguien la observaba desnuda entre las taquillas. Cuando abrió la puerta de golpe, el cazador se convirtió en presa.
Subí el vestido escalón a escalón mientras ellos me seguían por la escalera. Para cuando llegamos a mi habitación, ya no había nada que disimular.
Llegué con un vestido negro y la idea de pasar un rato fácil. A las tres de la mañana ya no contaba las botellas ni las manos que me recorrían la espalda.
Llegaron a las seis en punto, me besaron uno por uno apenas entraron y supe que esa noche no iba a ser yo quien pusiera las reglas.
Me despertó su boca alrededor de mi verga y supe que el segundo día en la casa de la playa iba a ser todavía más largo que el primero.
Cuando le pregunté qué la encendía de verdad, se sentó a horcajadas sobre mí y empezó a contarme una noche que nunca le había confesado a nadie.