Lo que pasó en aquel viaje fue cosa de tres
Solo quería dormir la borrachera. Pero cuando la puerta se abrió y entraron ellos tres, decidí seguir con los ojos cerrados para ver hasta dónde se atrevían.
Solo quería dormir la borrachera. Pero cuando la puerta se abrió y entraron ellos tres, decidí seguir con los ojos cerrados para ver hasta dónde se atrevían.
Volvíamos a vernos un año después de aquel viaje, y esta vez Marina traía a un invitado que no sabía nada de lo que íbamos a hacer en esa casa junto al lago.
Lucía dejó la botella de tequila en el centro de la alfombra y sonrió: el que no cumpliera el reto, bebía. Ninguno imaginaba hasta dónde estábamos dispuestos a llegar esa noche.
Llevaba una semana sin que me hablara cuando me esperó a la salida de clase, me llevó a un rincón apartado y dejó que tres desconocidos lo vieran todo.
Cada vez que Noa apartaba la mirada, Marina la observaba en silencio, convenciéndose de que mirar las piernas de su mejor amiga no significaba nada.
Nos calentamos en clase y no aguantamos hasta llegar a casa. El descampado detrás de la facultad fue el primero de muchos lugares donde no debíamos tocarnos.
Creía que yo seguía dormida mientras ella se tocaba en el suelo, junto a mi cama. No me moví. No quería que parara, todavía no.
Entré al baño del bar buscando un momento de calma y la encontré a ella, con los ojos cerrados y las piernas abiertas, sin la menor intención de detenerse cuando me vio.
Compartían la misma clase tres días a la semana y se miraban a escondidas. Hasta que una de ellas decidió que ya estaba cansada de fingir que no pasaba nada.
La seguí en redes para vengarme de mi ex, pero terminé deseándola a ella. Meses después la vi entre la gente y supe que esta vez no la dejaría ir.
Sentí su mano subir por mi muslo entre el gentío del metro y, aunque no podía moverme ni un centímetro, no quise que parara.
Bastó una fotografía colgada en la pared del taller para que el profesor entendiera que ya no podría mirarla nunca más como a una alumna.
Lo había enterrado bajo años de oposiciones y rutina, pero bastó que pronunciara mi nombre desde el otro lado de la barra para que mi cuerpo recordara lo que mi cabeza quería olvidar.
Esa noche, escondido en la sombra del pasillo, mi marido entendió que ofrecerme a otro hombre tenía un precio: ver cómo otro me daba lo que él ya no sabía darme.
Siempre lo evité por callado y raro. Hasta que un empujón en el metro me hizo descubrir lo que escondía debajo de esa ropa enorme, y ya no pude pensar en otra cosa.
Subí a ver por qué gritaba la chica del cuarto del fondo. No imaginé que iba a soltarse la toalla y pedirme que mirara, como si fuera la cosa más natural del mundo.
Me había puesto la falda más corta que tenía y, cuando aquel universitario apoyó la mano en mi muslo, supe que el viaje iba a ser mucho más largo de lo que decía el billete.
Lo había odiado durante años, pero al verlo sentado en aquel café lo único que sintió fue calor entre las piernas y unas ganas que creía enterradas para siempre.
Pensé que era el más disciplinado de la facultad. Entonces ella se recargó en la puerta del aula vacía y me dejó claro que sabía todo lo que yo escondía.
Tenía el corazón disparado y las piernas tensas. No quería mirar, no quería pensar; solo quería que él siguiera y descubrir, por fin, lo que tantas veces había imaginado.