Lo que mis caseros hacían cuando llegaba su amigo
Marcos me pidió que no juzgara ni preguntara nada cuando llegara su amigo. Esa misma noche, desde el cuarto de al lado, entendí qué clase de visitas recibían los viernes.
Marcos me pidió que no juzgara ni preguntara nada cuando llegara su amigo. Esa misma noche, desde el cuarto de al lado, entendí qué clase de visitas recibían los viernes.
Su marido nos abrió la puerta de su casa con una sola intención: ver cómo dos desconocidos hacían gozar a su mujer. Ella fingía dudar, pero su mirada ya había decidido.
Creí que estaba mirando sin que nadie se diera cuenta. Cuando entré al vestuario para esconder mi erección, ella ya me esperaba con dos amigas.
Una ráfaga de viento le arrancó la toalla en el último escalón. Ella no se cubrió. Solo me miró, como si llevara semanas esperando que yo bajara a esa hora.
Desde mi balcón se veía su cama. Esa noche salí a tomar el aire como siempre, sin imaginar que ella encendería la luz y se desnudaría delante de mí.
Cuando aquella mujer de ojos grises posó la mano en su pierna, Andrés no sospechó que alguien más, sentado en un rincón del bar, ya había decidido exactamente cómo terminaría la noche.
Eran las nueve de la mañana de un domingo y yo era el único en la calle. Por eso fui el único que la vio salir de la tienda casi desnuda, sin saber que la observaba.
Llevaba días convenciéndola. Esa noche, con ella a punto sobre la mesa del jardín, marqué el número: si no llegaba rápido, no quería darle tiempo a arrepentirse.
Subí la persiana solo un poco, como siempre. Pero esa noche Marina estaba frente al espejo, y por primera vez no apartó la mirada de mi ventana.
Todos en la oficina hablaban del cuerpo de la mujer de Marcos. Yo solo quería comprobarlo con mis ojos, aunque para eso tuviera que inventarme un despido.
El corazón me golpeaba el pecho mientras subía al borde del retrete con el móvil en alto: a un palmo de mí, ella ya no fingía resistirse al desconocido.
Le juré que no podían vernos a la salida de la oficina. Veinte minutos después estaba sobre él, con los cristales empañados y una sombra acercándose por el retrovisor.
Volvimos de las vacaciones y mi marido seguía con la misma idea fija: ofrecerme a otro hombre y quedarse mirando. Esa noche, por fin, lo dejé disfrutar del espectáculo.
Tres citas en una semana para olvidarla, y entonces ella entró en el mismo restaurante, con su marido de cebo y un plan que yo todavía no entendía.
Mi madre creía que yo seguía en clase. No sabía que la puerta del armario estaba entreabierta y que esa tarde lo vi todo desde dentro de su cuarto.
Apagué la luz de la terraza y me quedé inmóvil, fumando, mientras al otro lado del cristal ellos empezaban sin disimulo. Y supe que querían que mirara.
Yo solo quería ver hasta dónde llegaba mi mujer con esos dos chicos. Me encendí un cigarro y me quedé quieto, mirando cómo empezaba el juego.
Marina no había dormido de la emoción. Lo que ninguna de las tres imaginaba era que aquella cala escondida iba a desnudarnos mucho más que la ropa.
Solo necesitaba un baño esa tarde de calor. Lo que ese viejo del taller hizo con su celular me dejó atrapada y a su merced durante días.
Desde su ventana llevaba semanas observándola; la noche que saltó la valla entendió que sería ella quien decidiera cada cosa que pasaría entre ellos.