Mi primer hombre fue en un trío con la pareja del piso
Oía sus gemidos a través de la pared y me quedaba quieta, imaginando. No sabía que esa curiosidad terminaría conmigo entre los dos.
Oía sus gemidos a través de la pared y me quedaba quieta, imaginando. No sabía que esa curiosidad terminaría conmigo entre los dos.
Llevábamos años buscando a la mujer indicada para nuestra cama, hasta que la chica de enfrente entró a limpiar la casa y empezó a mirar mis revistas con demasiada curiosidad.
Yo siempre me enamoraba; ella solo quería divertirse. Pero esa noche, detrás de una puerta del local, descubrí algo de mí misma que jamás imaginé.
Crecimos juntos, estudiamos juntos y nos guardamos el mismo secreto durante años. La noche del entierro de sus padres, por fin lo dijimos todo en voz alta.
Llevábamos meses citándolo en casa después de cada cena. Esta vez quisimos más: dos días encerrados con él, sin reloj, sin vecinos, sin freno.
Tenía veinte años y creía conocer mis deseos, hasta que mi suegra abrió aquel álbum y me mostró quién había sido. Esa noche apagué la luz y lo entendí todo.
Bajé la pantalla del celular pensando que solo charlaríamos, pero lo que vi en su cama esa madrugada cambió por completo lo que yo creía querer.
Llevaba meses imaginándolo en silencio. Esa noche, después de la cena, decidió que ya no quería seguir guardándoselo solo para sus sueños.
Cuando salió de la ducha y se quitó el fular, descubrí que Daniela escondía algo que iba a cambiar por completo nuestro fin de semana en la playa.
Tomás salió de la ducha desnudo y dijo que para qué iba a vestirse si pensábamos desnudarlo igual. Esa noche en la cabaña, ninguno de los cuatro pensó en dormir.
Lo vi quitarse la camiseta sudada mientras subíamos los muebles al tercer piso. No imaginé que esa misma madrugada su mano buscaría la mía bajo las sábanas.
La azafata tocó el timbre justo cuando él estaba dentro de mí. Lo que hizo cuando abrió la puerta cambió la noche, el viaje y todo lo que vino después.
Bajé a la piscina a las cinco de la tarde, con resaca y la piel quemada, y un desconocido enorme se acostó en el camastro de al lado. Diez minutos después caminábamos hacia el vapor.
Esa noche de tormenta volví empapada y abrí sin avisar la puerta del cuarto: lo que vi sobre nuestra cama me cambió la cabeza más que cualquier reclamo posible.
Cuando Don Rómulo tuvo que irse del bar, me dejó al cuidado de su amigo: un jubilado enorme que bebía whisky en silencio y al que ya le había tocado el bulto sin querer.
Cuando levantaron el confinamiento, llevaba demasiado tiempo aguantando. Salí a la calle decidido a encontrar lo que necesitaba, sin imaginar que serían tres a la vez.
Cuando la diosa liberó su sexo en mitad de la tienda, Renata supo que su vida de cronista discreta había terminado para siempre.
Empezó con un amante en secreto y terminó con mi marido arrodillado en lencería. Lo que nunca supe es quién había planeado todo desde el principio.
Me quedé sola recogiendo botellas en el patio, con un short que marcaba mis curvas nuevas, cuando él se acercó por detrás y supe que esa noche no dormiría.
Nunca te dicen a dónde vas ni quién estará allí. Solo el antifaz, el coche negro y una villa donde aquella noche yo dejé de ser camarera para convertirme en el plato.