Lo que pasó en el parque después del bar
Cruzamos el parque a oscuras y, antes de darme cuenta, ella estaba de rodillas frente a mí con una sonrisa que todavía no consigo borrar de la cabeza.
Historias reales contadas en primera persona
Cruzamos el parque a oscuras y, antes de darme cuenta, ella estaba de rodillas frente a mí con una sonrisa que todavía no consigo borrar de la cabeza.
Había llegado solo a la primera función de la mañana. Entonces escuché unos tacones acercándose por el pasillo y todo cambió cuando ella se sentó a mi lado.
Entré sin pensar en quién estaría del otro lado del muro. Lo que no imaginé fue reconocer la voz que pidió permiso para acercarse.
Acababa de borrar las pruebas de la noche anterior cuando lo vi en el hall, listo para marcharse. Solo tenía que decirle que no. No lo dije.
Coincidí con ella en las duchas comunes y, sin pensarlo demasiado, decidí provocar la situación. Lo que vino después convirtió un viaje aburrido en algo que aún no me saco de la cabeza.
Eché el pestillo, me arrodillé sobre las baldosas frías y supe que iba a obedecerle hasta el final, aunque cualquiera pudiera entrar en el baño de al lado.
Tenía una cita esa misma noche, pero antes acabé de rodillas en el asiento de un coche aparcado. No estaba en mis planes, y por eso me gustó tanto.
El ruido venía del gimnasio. Samanta pensó en ladrones; lo que vio detrás de la puerta entreabierta la dejó sin aire y cambió lo que sentía por su madre.
Estaba apoyada en la pared, mirando el móvil, con un vestido negro que le quedaba demasiado bien. No fumaba. Solo esperaba, y yo todavía no sabía a quién.
Eran las siete de la mañana, todavía me zumbaban los oídos por la música, y al abrir la puerta del piso entendí que esos gemidos no venían de ningún vídeo.
Habíamos quedado para tomar algo sin más, como dos personas que se llevan bien. Lo que no esperaba era cómo terminaría esa noche de fiesta.
Vino a casa solo para que le retratara la boca. Lo que ninguno de los dos previó fue lo que esa cámara despertaría entre nosotros aquella tarde.
Salimos casi sin despedirnos. En el auto, con la rabia todavía ardiéndome por dentro, decidí recordarle a quién pertenecía esa noche.
Fui al baño riéndome con mis amigas y volví caminando junto a un desconocido que no dejaba de soltarme indirectas. No pensaba parar a tiempo.
Llevaba el disfraz demasiado apretado y media cerveza de más cuando empujé la puerta equivocada. Dentro estaba él, mirándome como si supiera que yo no iba a salir.
Me escondí entre los árboles solo para mirarla nadar. Lo que pasó cuando me descubrió aún me hace temblar cada vez que estornudo.
Su madre iba a misa los miércoles por la tarde, y ese hueco de media hora se convirtió en el secreto mejor guardado de toda la oficina.
Eran las tres de la mañana, ella se acurrucó más fuerte contra mí y mi mano encontró su piel. No había prisa, solo nosotros dos y el silencio de la ciudad dormida.
Lo decidí la noche anterior, mientras él dormía: a la mañana siguiente empezaría, sola, una rutina que llevaba años imaginando y que nunca me había atrevido a sostener.
Lo dejé pasar pensando que solo buscaba un vaso de agua. Diez minutos después estaba arrodillada frente al sofá y no quería detenerme.