Confesión: me acosté con mi amante y también con su hijo
Salí a hacerme un café con una bata de satín y nada debajo. Él estaba en el sofá, fingiendo leer, y los dos sabíamos que esa mañana iba a pasar algo.
Historias reales contadas en primera persona
Salí a hacerme un café con una bata de satín y nada debajo. Él estaba en el sofá, fingiendo leer, y los dos sabíamos que esa mañana iba a pasar algo.
Una llamada por puro aburrimiento, una comida que tardamos horas en tener y su mano subiendo por mi muslo en el sofá de su despacho. Hacía meses que no lo veía.
Sabía que estaba mal, pero cada vez que nos llamaban a bajar yo solo pensaba en cuándo podríamos volver a escaparnos.
Le ofrecí la ropa vieja de mi marido como pretexto. La verdad es que llevaba meses imaginando lo que pasaría si alguna vez lo tenía cerca, dentro de mi casa.
Tres y media de la tarde, sin bragas y con un plan muy claro en la cabeza. Lo que no calculé fue quién terminaría hablándome a través de la puerta.
Mi amiga me prometió presentarme a su hermano para que olvidara mis problemas. No me dijo que él me espiaría mientras me ponía el bikini.
Llevaba años tocándome con la misma fantasía, y aquella tarde de festival, perdida y empapada de sudor, supe que tenía delante la única ocasión de cumplirla.
Lo escribo por fin: me excita ser el putito anónimo de un hombre casado, arrodillarme sin saber su nombre y que él tampoco sepa el mío. Solo eso. Una y otra vez.
Empecé pidiendo una nota y terminé descubriendo cuánto era capaz de desear. Estos son los dos años que me cambiaron y que no le había contado a nadie.
Me prometieron que sería solo una reunión de trabajo. A las cinco de la tarde ya me estaba cambiando de ropa para algo que no tenía nada de profesional.
Llevaba doce años apagándome en silencio. Esa noche me puse el vestido que él odiaba, salí sin avisar y no volví siendo la misma mujer.
Habían tardado semanas en coincidir. Cuando por fin cerraron la puerta del coche, el ruido del parking se apagó y ya no hubo excusas para seguir fingiendo que solo eran amigos.
Me pidió que le enseñara, como si yo fuera el experto. No imaginaba que aquel juego entre los dos terminaría conmigo de rodillas, descubriendo lo que de verdad me gustaba.
Marina llevaba meses fingiendo que no lo miraba. Esa noche, atrapada entre el cristal frío y el calor de su jefe, dejó de fingir.
Cada vez que entraba al taller, él levantaba la vista antes de oír la puerta. Aquella tarde, con la persiana a medio bajar, dejé de fingir.
Acepté la demostración por el calor y el aburrimiento. Nunca imaginé que terminaría medio desnuda en la camilla, con seis desconocidos mirándome.
Sentí su mano en mi cadera entre el gentío y, en vez de apartarme, me quedé quieta. Lo que pasó después todavía me acelera el pulso cada vez que lo recuerdo.
Mi mujer le había prestado un juguete con una sola condición. Cuando bajé a la sala, Lorena ya me esperaba desnuda y con prisa: «No hay tiempo que perder».
Subida al banquito acomodando los platos, sentí su mirada recorriéndome las piernas. «Es un panorama exquisito», dijo sin pizca de vergüenza. Y yo no bajé.
Empezó con bromas a solas y terminó con capturas de pantalla que ninguno de los dos debería haberle enseñado al otro. A ella le gustaban las chicas; a mí, su descaro.