El mozo del hotel y una noche que nunca conté
Me deslizó un papelito en la mano al levantar el plato. Lo leí en la habitación: era su número. Y supe que esa noche no iba a quedarme sola.
Historias reales contadas en primera persona
Me deslizó un papelito en la mano al levantar el plato. Lo leí en la habitación: era su número. Y supe que esa noche no iba a quedarme sola.
Encontré sus braguitas en el suelo del pasillo, con una nota encima. A partir de esa noche, los dos jugamos a un juego del que ninguno quería salir.
Empezó con un mensaje sobre un relato mío. Terminó conmigo en la cama, a oscuras, obedeciendo cada cosa que ella escribía desde el otro lado de la pantalla.
No miento sobre mi edad ni sobre el gimnasio, pero en ese sillón reclinado todo eso deja de importar. Solo queda la presión suave de su cuerpo contra el mío.
Nunca lo he hecho, pero conozco cada detalle: el café, el ascensor, sus manos. Esta es la fantasía que se repite y que nunca me animo a contar en voz alta.
Subía a su cuarto, abría el clóset y se cambiaba sabiendo que la mirábamos desde la calle. Yo era el más chico del grupo, pero fui el primero en cruzar su puerta.
Me había jurado que su virginidad era innegociable. Esa mañana, en el departamento que un amigo me prestó, me demostró hasta dónde estaba dispuesta a llegar.
Tenía sesenta años y un matrimonio dormido cuando noté que el chico de la casa de al lado me espiaba entre los setos. No me tapé. Le seguí el juego.
Lo había visto una sola vez y no pude olvidar su cuerpo. Cuando supe que él también me buscaba, esperé a que mi madre saliera a trabajar y lo dejé entrar.
Me escondí en el alero del vestuario con Bruno pegado a mi espalda. Abajo, mi madre y su amiga se desvestían entre los obreros, y yo no pude apartar la vista.
Pensé que el merendero estaría vacío con esa lluvia. Entonces apareció ella, me pidió fuego y, dos horas después, dejó que su vestido resbalara hasta el suelo.
Aquel jueves no tenía clases y la mañana era mía. Abrí el agua, cerré los ojos y me dejé llevar... sin imaginar que unas botas aparecerían en la ventana.
Sabía que esos dos no me habían invitado solo a pescar. Y yo, si soy sincera, tampoco había dicho que sí solo por el río.
Nunca imaginé que un domingo cualquiera en el río terminaría conmigo de rodillas sobre el pasto, entregada a él y suplicando que no parara nunca.
Sabía que él me deseaba desde hacía meses, y yo no iba a parar hasta tenerlo en mi cama. Lo que no calculé fue quién nos descubriría después.
Creí que estaba solo entre la ropa tendida. Hasta que una voz a mi espalda me preguntó si me gustaban sus pantaletas, y supe que ya no había vuelta atrás.
Solo quería ser amable y subir sus bolsas hasta el departamento. Ella me ofreció un refresco, se cambió de ropa y dejó la puerta de su cuarto entreabierta.
Nunca había olido el deseo de otra mujer hasta esa tarde, de pie en el pasillo, con la prenda empapada de mi compañera entre las manos y el pulso desbocado.
Estoy desnuda mientras escribo esto. Y quiero que sepas exactamente lo que pasa por mi cabeza cuando cierro la puerta y nadie puede oírme.
Lo guardé más de una década. Todo empezó por un par de medias blancas y terminó en un auto, a las dos de la mañana, con la última persona con la que debía meterme.