Salí del bar con un extraño y todo se torció
Mi marido me animó con la mirada a marcharme con aquel desconocido. Lo que ninguno de los dos sabía era que ese hombre no pensaba dejarnos en paz.
Historias reales contadas en primera persona
Mi marido me animó con la mirada a marcharme con aquel desconocido. Lo que ninguno de los dos sabía era que ese hombre no pensaba dejarnos en paz.
Subir el vídeo fue solo el principio. Aquella madrugada de sábado entendí que mirar ya no me bastaba: quería que un desconocido me tocara de verdad.
Pagué la entrada, busqué la cabina del fondo y creí que sería un minuto. Entonces escuché esa voz grave preguntar si había alguien al otro lado de la pared.
Vino a pedirme la impresora y se quedó mirando la pantalla con una pregunta en la punta de la lengua que lo cambió todo entre nosotros.
Habíamos saltado la verja de una finca vacía. Él me marcaba el ritmo con la mano en mi nuca y yo me dejé llevar sin pensar en nada más.
Lo había mirado durante días desde la terraza, fingiendo que no lo hacía. Esa tarde de calor decidí dejar de fingir y bajé con un vaso de limonada en la mano.
Eran las seis de la mañana, yo seguía con el vestido de novia y mi marido roncaba inconsciente arriba. El camarero aún no se había ido, y yo ya no pensaba en dormir.
Volvía cada madrugada oliendo a tabaco americano y perfume nuevo. Yo callaba y guardaba mis sospechas, hasta la noche en que decidí seguirla y descubrir con quién pasaba esas horas.
A mis cuarenta y nueve creía haberlo visto todo, hasta que aquel desconocido empapado se quitó la camiseta en mi patio y supe que la tarde no terminaría con la jardinería.
Nadie en el supermercado, en la farmacia ni en la panadería imaginaba lo que escondía bajo la ropa. Y esa era justo la parte que más me excitaba.
Me escribiste «tengo hambre» y supe exactamente lo que querías. No somos pareja, ni siquiera mi tipo, pero hay algo entre nosotros que nadie entendería.
A oscuras, a unos metros de mi portal, su polla brillaba bajo la única farola de la calle. Y yo ya sabía que iba a volver a bajar la cabeza.
Nunca se lo dije a nadie, pero apenas él cierra la puerta para irse, hay un nombre y un cuerpo que ocupan toda mi imaginación.
Cuando los cuatro chicos entraron al apartamento a las cinco de la mañana, supe que iba a vivir algo que nunca le he contado a nadie.
Llegué tarde a la cena, pero no por tráfico. Fue por el desvío que hicimos hasta aquel descampado a cincuenta metros del restaurante.
Eran pasadas las once, todos dormían y la lluvia caía fuerte. Pensé que solo iba a mojarme un rato en el patio. No imaginé hasta dónde me iba a atrever esa noche.
Me puse el bikini más pequeño que tenía y bajé al jardín solo para ver su cara. Sabía exactamente lo que estaba haciendo, y no pensaba detenerme.
Solo había un chico al fondo, lavándose las manos. Me miró por el espejo y, sin decir una palabra, los dos supimos que la espera había terminado.
Salí del agua temblando de frío y la vi acomodándose el bikini al sol. Ninguno de los dos sabía que esa mañana lo cambiaría todo entre nosotros.
Me quité el biquini en el jacuzzi sabiendo que él me miraba de reojo desde el tejado. Lo que vine a olvidar se convirtió en lo único que recuerdo del viaje.