La jaula de castidad que cambió nuestra rutina
La primera noche en el piso nuevo lo até a una silla, me senté sobre su polla encerrada y le ordené que me confesara todo lo que quería que le hiciera.
Historias reales contadas en primera persona
La primera noche en el piso nuevo lo até a una silla, me senté sobre su polla encerrada y le ordené que me confesara todo lo que quería que le hiciera.
Acepté por morbo, por nervios y por no echarme atrás; cuando me arrodillé frente a él, ya no había forma de fingir inocencia.
Lo cité en casa para explicarle mis permisos, pero lo que encontró en la sala cambió la forma en que me miraba en la oficina.
Cuando tocó el timbre y preguntó si estaba solo, supe que no venía a hablar de clases ni de su novio.
Mara oyó los aplausos detrás de ella y entendió que la prueba apenas empezaba, aunque su cuerpo ya temblaba sobre el mármol.
Entré al cuarto por curiosidad y acabé atrapado entre dos cuerpos adultos que parecían entender mi deseo mejor que yo mismo.
Cuando empezó a contarme lo que hacía a puerta cerrada con un adulto de su familia, supe que no iba a poder escucharla sin excitarme.
Me acerqué solo para curiosear, pero cuando vi a aquella mujer adulta inclinarse sobre la cuna, ya estaba con la polla dura dentro del chándal.
Me había pasado la noche esquivando sus bromas, hasta que lo hice entrar al baño y ya no hubo forma de fingir que no quería tocarlo.
Entré a su despacho para abrazarlo, pero cuando cerró la puerta y me miró de arriba abajo, supe que no iba a salir de ahí igual.
Creí oírla gemir al otro lado de la llamada y mi cabeza convirtió ese ruido en la escena más sucia que he imaginado.
La dejé en la puerta del restaurante y volví solo al hotel, sabiendo que esa noche iba a escuchar a mi esposa gemir para otro hombre.
Fui a desahogarme a su casa como siempre, pero un beso impulsivo terminó con mi mejor amigo temblando frente a mí, listo para aprenderlo todo.
Solo quería mirar la cartelera, pero terminé arrodillada entre butacas, con su polla en la boca y la pantalla iluminándonos a medias.
Acepté el primer billete pensando que solo sería una caricia, pero la puerta cerrada cambió todas mis reglas.
Creí que el dolor me había apagado para siempre, hasta que una noche alguien me miró como si todavía quedara algo vivo en mí.
Apenas cerramos la puerta, dejó caer el bolso, me miró con hambre y entendí que ya no había vuelta atrás.
Abrí su celular para confirmar una duda y terminé viendo algo que me dejó helado: mi esposa con dos hombres de mi propia familia.
Me acompañó hasta la parada, me cargó la mochila y terminé arrastrándolo detrás de los arbustos para agradecerle de la forma más sucia.
Empecé a masturbarme en silencio junto a ella, pero cuando creyó que dormía, su mano se movió debajo de la sábana y todo cambió.