Me dejé dominar antes de tomar yo el control
Tú querías jugar a mandar y a obedecer. Lo que no calculaste fue que, cuando me soltaras las esposas, yo ya no iba a ser el mismo hombre que habías atado.
Tú querías jugar a mandar y a obedecer. Lo que no calculaste fue que, cuando me soltaras las esposas, yo ya no iba a ser el mismo hombre que habías atado.
El arcón negro espera en el centro del salón como un ataúd de plástico. Cuando la cremallera de la máscara sube por su nuca, Tomás deja de ser un hombre y empieza a ser una cosa.
Creí que podría hacerlo sin sentir nada. Pero mi cuerpo llevaba demasiados años dormido como para obedecerme aquella noche en la suite.
El pronóstico decía trece grados y nublado. Perfecto para que mis pies se cocinaran todo el día dentro de las zapatillas sin lavar, como a él le gusta.
Llegué sola al club a las tres y media. Cuando lo vi entre el humo y los kicks, supe que esa madrugada terminaría siendo el secreto que aún no le he contado a nadie.
Un año atrás él me llamaba ratita frente a sus colegas. Hoy se arrodilla en tacones rojos para besarme las botas y me dice Señora con la voz quebrada.
Cuarenta y tres grados, las cuatro de la tarde, y ella asomada al balcón con la camisola pegada al cuerpo, sabiendo perfectamente que iba a hacerme subir cinco pisos.
Cuando los tacones de la rubia retumbaron en el pasillo y la cadena tiró del collar, Adrián supo que esa mañana iba a aprender lo que es ser propiedad.
Llevaba tres días sin poder ir al baño cuando entré en esa consulta de lujo. Bajo la bata de la doctora encontré algo que mi cuerpo nunca olvidaría.
Cuando entré sola en aquella sala impecable y pulsé el interruptor, supe que ya no había vuelta atrás. Los ocho hombres aguardaban al otro lado.
Tres meses escribiéndonos. Un solo paso para cruzar su umbral. Lo que vino después no fue lo que prometió: fue todo lo que mi cuerpo llevaba meses pidiendo a gritos.
Cuando me puse el antifaz frente al espejo, dejé de ser yo. Lo que pasó después en aquel jardín no se lo conté a nadie hasta hoy.
Selena llevaba meses moldeándolos hasta convertirlos en mascotas perfectas. Lo que no esperaba era que el comprador llegara con un tercer collar bajo el brazo.
Vi los videos: mujeres atadas a máquinas, descargas eléctricas, azotes mientras corrían. Y aun así marqué el número. Mi voluntad no daba para más.
Bruno bajó al sótano y abrió mi jaula. Olvidó quitarme los vibradores. A cada paso se hundían más, mientras subía a desayunar.
No me importaban el género, ni la edad, ni siquiera la apariencia. Quería un cuerpo despojado de voluntad propia, alguien que viviera únicamente para obedecer. Esta vez vine sola.
Bajé por agua de madrugada y escuché su voz desde la habitación. No estaba sola. Y lo que vi después me cambió para siempre.
Cuando llegué al hotel pensaba que solo serían fotos. No sabía que en esa habitación me esperaban dos hombres y una decisión que cambiaría todo.
Después del mejor sexo de mi vida, ella me sirvió café y me lanzó una fantasía que jamás imaginé. Yo solo asentía mientras pensaba en quién podría ser el otro.
Sus ojos detrás de las gafas llevaban años persiguiéndome desde el otro lado de la barra. La tarde que le rocé la muñeca, supe que también esperaba algo.