Cuando la ama se convirtió en mercancía
Selena llevaba meses moldeándolos hasta convertirlos en mascotas perfectas. Lo que no esperaba era que el comprador llegara con un tercer collar bajo el brazo.
Selena llevaba meses moldeándolos hasta convertirlos en mascotas perfectas. Lo que no esperaba era que el comprador llegara con un tercer collar bajo el brazo.
Vi los videos: mujeres atadas a máquinas, descargas eléctricas, azotes mientras corrían. Y aun así marqué el número. Mi voluntad no daba para más.
Bruno bajó al sótano y abrió mi jaula. Olvidó quitarme los vibradores. A cada paso se hundían más, mientras subía a desayunar.
No me importaban el género, ni la edad, ni siquiera la apariencia. Quería un cuerpo despojado de voluntad propia, alguien que viviera únicamente para obedecer. Esta vez vine sola.
Bajé por agua de madrugada y escuché su voz desde la habitación. No estaba sola. Y lo que vi después me cambió para siempre.
Cuando llegué al hotel pensaba que solo serían fotos. No sabía que en esa habitación me esperaban dos hombres y una decisión que cambiaría todo.
Después del mejor sexo de mi vida, ella me sirvió café y me lanzó una fantasía que jamás imaginé. Yo solo asentía mientras pensaba en quién podría ser el otro.
Sus ojos detrás de las gafas llevaban años persiguiéndome desde el otro lado de la barra. La tarde que le rocé la muñeca, supe que también esperaba algo.
Cuando entré a la oficina del director aquella tarde, supe que la pregunta no era si aceptaría su trato. Era cuánto estaba dispuesta a entregar por una corona que ya no me importaba.
Valentina estaba tumbada en la cama con un top turquesa y una braga de encaje. Cuando me miró con esa sonrisa, algo en mí se rompió.
Marco creía que iban al cine. No sabía que ella había planeado cada detalle desde semanas antes, incluyendo en qué bolsillo llevaba la llave.
Roberto me humilló durante años frente a todos. Cuando la Asociación me ofreció educarlo, supe exactamente lo que quería hacer con él.
Elegí las zapatillas más cerradas, las medias más gruesas y planeé exactamente cómo sería su cara cuando las quitara en el hotel, después de horas de ciudad.
Le abrimos la puerta a las diez en punto. Veinticinco años, manos temblorosas y un acuerdo firmado: durante las próximas horas, su cuerpo nos pertenecía a los dos.
Los tacones me mataban cuando Andrés se inclinó sobre el mostrador y susurró que la sala de juntas estaría libre toda la noche.
Llevábamos cuatro horas en la fiesta cuando sentí sus dedos clavarse en mi cintura. Sabía que esa noche íbamos a romper algo entre nosotros.
Mi exnovia me esperaba en ese retiro y conocía exactamente el secreto que yo más temía. Solo necesitaba la persona indicada para destaparlo delante de todos.
Me dijeron que era la jefa más amargada de la empresa, una viuda que detestaba a los hombres. Lo que no sabían es que yo no acepto un no cuando huele a desafío.
Cuando me agarró de la muñeca y me arrastró al baño del bar, supe que esa señora de la oficina ya no volvería a ser solo mi jefa el lunes por la mañana.
Tres semanas de audios negociando límites. Esa noche llegué a su loft con las muñecas listas para la cuerda y un sí que iba a aprender a matizar.