Acepté ser su sumisa durante un mes entero
Llegué con un top rojo y una falda negra, sin ropa interior, sabiendo que al cruzar esa puerta dejaría de pertenecerme a mí misma.
Llegué con un top rojo y una falda negra, sin ropa interior, sabiendo que al cruzar esa puerta dejaría de pertenecerme a mí misma.
Llevaba un mes atado a su deseo. Esa noche, Selene decidiría cuándo, cómo y cuánto le dolería antes de permitirle por fin soltarlo todo.
Antes de cada toma se ponía la máscara y dejaba de ser él. Sabía que ella no iba a fingir ninguno de los golpes, y eso era justamente lo que pagaba.
Ámbar había aceptado las reglas del amo: nada de placer hasta volver del viaje. Lo que él no sabía era cuál de las dos mujeres llevaba la última palabra.
Al principio solo miraba desde la rendija: hombres desnudos, atados, suplicando más castigo a la mujer que reía sobre ellos. Hasta que ella me tendió la mano.
Bastó un resbalón y unas risas crueles para que descubriera que aquella vergüenza, lejos de doler, encendía algo nuevo y oscuro dentro de él.
Encontré a mi amiga temblando en el baño de aquella cena. Cuando pregunté quién la había dejado así, jamás imaginé que diría el nombre de nuestro profesor más temido.
Cada Navidad escondíamos nuestro secreto bajo ropa recatada. Este año abrí la puerta con mi mujer arrodillada y atada en el salón, esperando a los invitados.
Lo descubrí masturbándose a solas y debí salir avergonzada. En cambio me quedé, descalza frente a él, esperando que me dijera qué hacer con mi cuerpo.
Salía de entre los arbustos para escandalizar a las corredoras. Esa noche, la mujer que gritó al verlo no estaba asustada: lo estaba esperando.
Bajé el pantalón creyendo que nadie me veía. Cuando tropecé y caí a la arena, dos pares de ojos ya me observaban con una sonrisa que no prometía nada bueno.
El mensaje tenía tres líneas: «En treinta minutos. Desnúdate antes de entrar». Y la comandante más temida de la central supo que volvía a ser solo suya.
Cuando entré en aquel ático con las cuerdas colgando de las vigas, entendí que esa noche no me pertenecería a mí misma.
Guardó la tarjeta durante semanas, repitiéndose que jamás iría. Una tarde de viernes, sin saber por qué, se puso su mejor vestido y cruzó aquella puerta.
Caminaba entre las aulas vacías con la carpeta bajo el brazo y la regla de acero en la mano, sin imaginar que esa noche tres abusadores aprenderían a temer el sonido del metal.
Llevaba un año tragándome sus burlas en silencio. Esa tarde, cuando me sujetó de la camisa para humillarme, mi mano encontró dónde apretar.
Cuando me cambiaron el collar rojo por el verde, supe que ya no había nadie que impidiera a esos colmillos hundirse en lo más sensible de mi cuerpo.
La vi atada al carro, desnuda y en silencio, y en vez de horror sentí envidia. Mi padrino me advirtió que no había vuelta atrás; yo solo quería saber cómo se firmaba.
Adrián despertó atado a la camilla de la enfermería, con los testículos hinchados y tres mujeres decidiendo cuánto dolor merecía aquella noche.
Me hizo arrodillarme en el centro del sótano, ajustó el collar a mi cuello y sonrió: esa noche pensaba demostrarme, otra vez, cuál de los dos era el sexo débil.