Mi mujer me dominó en la mazmorra del sex shop
Llevábamos un mes sin atrevernos a más, hasta que eligió otra película de dominación y me preguntó, con esa sonrisa, si quería hacerlo de verdad.
Llevábamos un mes sin atrevernos a más, hasta que eligió otra película de dominación y me preguntó, con esa sonrisa, si quería hacerlo de verdad.
Lo invité a enseñarme a defenderme. Para cuando mi padre volviera, mi tío ya habría aprendido que bastaba un gesto mío para ponerlo de rodillas.
Le confesé a Bianca por qué su novio nunca la satisfaría del todo, y ella me reveló un secreto idéntico al mío. Esa misma semana invitamos a los dos a casa.
Hacía meses que no sabía de ella. Su llamada fue una orden, no una invitación: esa noche dejaría de ser una persona para convertirme en su propiedad.
Esa mañana solo queríamos perdernos la una en la otra. No contábamos con que la favorita entraría con sus guardias y un castigo ya preparado.
Crucé la puerta esperando una fiesta normal. Encontré un patio lleno de chicas en bikini, ningún otro hombre y una anfitriona con una sonrisa que no era amable.
Dos sillas con un agujero en el medio, una cuerda con un nudo y dos hombres atados sin saber si la próxima ronda les tocaba a ellos. El juego empezaba.
Bastó una frase para que ella se subiera a la cama, apoyara el tacón en su pecho y le dijera que esa noche tendría que ganarse cada caricia.
La primera vez que me obligó a bajar la cabeza mientras me cogía creí que me resistiría. No lo hice. Y descubrí cuánto me gustaba dejar de decidir.
Siempre tuve una fijación rara. Esa tarde decidí que mi mejor amigo iba a ser el primero en obedecerme, de rodillas y sin nada que esconder.
Habíamos firmado el acuerdo y elegido una palabra de seguridad, pero nada me preparó para el instante en que su sombra surgió del túnel y dejé de saber qué era juego.
Siempre fui el seguro de los dos. Pero con las esposas frías en mis muñecas y su sonrisa nueva encima de mí, entendí que ya no era yo quien mandaba.
Cada vez que me quedo solo en casa repito el mismo ritual. Y cada vez es más difícil distinguir el juego de lo que de verdad anhelo ser.
Pensé que mi secreto estaba a salvo detrás de una puerta entreabierta. No imaginé que ella terminaría con mi destino apretado dentro de su puño.
Pensé que aguantar diez golpes sería fácil. No conté con que ella disfrutaría cada uno, ni con lo mucho que yo terminaría disfrutándolos también.
Cerró la puerta del almacén con llave y se guardó el manojo en el delantal. Recién entonces entendí que aquella tarde no iba a terminar con un sermón.
Cuando su novio se marchó dando un portazo, ella se quedó de pie en mi cocina, descalza, esperando a que yo dijera la primera palabra de su nueva vida.
Cada vez que holgazaneaba lo pagaba con ortigas, latigazos y sus botas embarradas. Y lo peor era que una parte de mí ya esperaba el próximo castigo.
Pasó a buscarme, señaló su mejilla para que la besara y entendí que esta vez las órdenes no se quedarían en la habitación: empezaban al subir a su auto.
Llegué con un top rojo y una falda negra, sin ropa interior, sabiendo que al cruzar esa puerta dejaría de pertenecerme a mí misma.