El amo vino a casa y nos puso a prueba
Mi esposa me ordenó calentar el salón, abrir la puerta y escuchar cómo otro hombre la usaba mientras yo obedecía en silencio.
Mi esposa me ordenó calentar el salón, abrir la puerta y escuchar cómo otro hombre la usaba mientras yo obedecía en silencio.
Cuando cerró el aula y me sonrió como si ya supiera lo que iba a hacer, entendí demasiado tarde que el juego no lo iba a controlar yo.
Cuando vi sus sandalias sobre la cama supe que algo había cambiado, pero no imaginé que esa noche terminaría respirando pegado a sus plantas.
Abrí la puerta medio desnuda, con dos juguetes aún tibios en el salón, y tres desconocidos entraron oliendo mi calentura antes de que yo dijera una palabra.
Entramos temblando al cuarto privado del sexshop, pero nadie imaginó hasta dónde iba a llevarnos aquella mujer.
Cuando sacó aquel plug rosa de su cajón, entendí que mi curiosidad por el dolor iba a cruzar una línea que no podría olvidar.
Me puse las botas solo para el frío, pero en cuanto sentí el plástico apretándome las piernas supe que iba a acabar mojándolas por dentro otra vez.
El mensaje llegó al mediodía: esa noche debía llevar a mi esposa al hotel y esperar en la habitación contigua, frente a una pantalla encendida.
Después de un error mínimo, su castigo no terminó en lágrimas, sino en una ducha donde la obediencia se volvió hambre pura.
Cuando el teléfono vibró, ya estaba mojada; sabía que me esperaba en el mismo baño, con prisa, desprecio y esa polla que nunca aprendí a negar.
Salí de la oficina bajo el abrigo, con el cuerpo lleno de vibraciones y la certeza de que esa noche no dormiría sola.
Nos hicimos pasar por pareja para evitar idiotas, pero entre alcohol, celos y roce, terminamos cruzando una línea que ya no pude fingir.
Le quemó el pantalón por reírse de él, y cuando la alcanzó, ella supo que iba a pagar su travesura con el cuerpo entero.
Cuando aceptó que yo la probara antes de su primera cita, supe que ya no había vuelta atrás.
Cuando me arrodillé frente a ella pensé que podría aguantar. Media hora después, tenía su pie en la cara y ya no sabía dónde terminaba mi voluntad.
Cuando lo trajeron a la piscina, todavía sonreía. Dejó de hacerlo en cuanto entendió que allí mandaban ellas.
El olor entre mis piernas ya me tenía ardiendo, pero no imaginaba quién iba a usar ese fetiche para ponerme de rodillas.
En la galería fingía tenerlo todo bajo control, hasta que un desconocido me ordenó soltar la copa y obedecer.
Cuando cerró la puerta del despacho y me ordenó mirarme en el cristal, supe que esa noche no iba a salir intacta.
Todo empezó con órdenes absurdas en la oficina, y terminó conmigo abierta de piernas para clientes, desconocidos y fiestas que no podía olvidar.