Lo que hice con los mecánicos del taller
Volví al taller con una excusa torpe y una falda demasiado corta; ellos entendieron enseguida que no iba por el coche.
Relatos que exploran los deseos mas profundos
Volví al taller con una excusa torpe y una falda demasiado corta; ellos entendieron enseguida que no iba por el coche.
Puse el juguete en aleatorio antes de salir de la oficina. Veinte plantas, un metro y un parque me separaban de casa. No calculé lo que aguantaría.
Primero me grabaron masturbándome; después, mi madre descubrió que el pecado en esa casa no era el deseo, sino quién fingía no tenerlo.
Bajé el mando y contuve la respiración: al otro lado de la pared, sus gemidos empezaban a subir de tono y yo ya tenía la mano dentro del pantalón.
Me hice la borracha en el asiento trasero, pero cuando ese desconocido me metió la mano bajo la falda, dejé de actuar.
Me la encontré por azar, me dio su número y una semana después abrió la puerta con una sonrisa que ya prometía problemas.
Escuché los gemidos al pasar por el pasillo. La puerta estaba entreabierta y no pude apartar la mirada. Tampoco pude quedarme quieta.
Todo empezó cuando el cabecero de su cama golpeó la mía. A partir de ahí, ya no pude fingir que no la escuchaba, ni que no la deseaba desde hacía meses.
No quería despertarlo de golpe: quería que sintiera mi boca, mis manos y mi hambre antes de abrir los ojos.
La puerta estaba entreabierta, las velas encendidas y una nota sobre la cama. Aun así, entré, me desnudé y obedecí.
El aire acondicionado no funcionaba y el sudor me marcaba la camisa. Cuando levanté los ojos, él ya me miraba fijo por el retrovisor.
Cuando volvió del baño y me deslizó algo tibio en la mano, entendí que mi tanga rojo había vuelto con un secreto que iba a arruinarme el resto de la noche.
Cerré las persianas, me miré desnuda en el espejo y respiré hondo. Nunca me había tocado, pero esa tarde el único plan era descubrir mi cuerpo.
Cuando vi su mensaje antes de entrar al parking, supe que no iba a volver a casa con las piernas temblando solo por conducir.
Estaba ordenando archivos viejos de la laptop cuando lo vi: yo, desnuda, montada por un hombre que había borrado de mi memoria. Y esa noche estaba sola.
Me desperté empapada, sin saber si el hombre que me había abrazado en el sueño era un colega, un desconocido o pura imaginación. No importaba nada.
Iba a darme un baño rápido y dormir. No sabía que Marlene había metido en mi maleta un par de vibradores, un consolador y una idea muy cabrona.
Creí oírla gemir al otro lado de la llamada y mi cabeza convirtió ese ruido en la escena más sucia que he imaginado.
Cerré la puerta del departamento, me apoyé contra la madera y supe que esa noche iba a tardar mucho en dormir. Necesitaba tocarme y quería tomármelo con calma.
La vi sola al fondo de la barra, con la copa en la mano y una mirada que pedía exactamente lo mismo que yo esa noche.