La noche de fernet y fantasías que no olvidamos
El calor del verano, el alcohol y cuatro amigas dispuestas a decirlo todo. Sofi fue la primera en romper el hielo con una fantasía que nadie esperaba.
Relatos que exploran los deseos mas profundos
El calor del verano, el alcohol y cuatro amigas dispuestas a decirlo todo. Sofi fue la primera en romper el hielo con una fantasía que nadie esperaba.
Éramos los mejores amigos desde el colegio. Nadie habría sospechado lo que hacíamos a solas cuando sus padres se iban de casa.
Me levanté a la madrugada con el cuerpo en llamas y salí al parque en camisón, sin nada debajo. Cada brisa era una caricia. Cada farola, un testigo silencioso.
Cuando el plug de metal llegó a casa, lo sostuve en la mano y dudé. Lo que vino después cambió para siempre la forma en que conozco mi cuerpo.
Necesitaba sentirme deseada. Bastó encender la cámara y dejar que los ojos de cientos de extraños me recordaran lo que valía.
Salió de casa sin ropa interior, con una falda de cuero y la certeza de que ese día no iba a ser como los demás. No se equivocó.
Llegué a casa de sus padres y la vi en la puerta con ese vestido corto que me volvía loco. Sin nada debajo. Exactamente como le había pedido.
Pagó en efectivo, tomó la llave sin cruzar palabras y subió. La habitación estaba oscura y la pantalla parpadeaba, esperando. Diego sabía exactamente para qué había venido.
Propuso echar un polvo mirando el horizonte, con el campo solo para nosotros y la luz del atardecer cayendo lenta. No lo dudé ni un segundo.
Nunca le di un like. Nunca le escribí. Pero sus relatos me perseguían hasta la cama, y una noche entendí que ya no podía seguir ignorando lo que sentía.
Su perfume todavía me perseguía cuando abrí la tarjeta en el taxi. Una dirección en Recoleta. La puerta va a estar sin llave, me había dicho.
Se metió en la bañera sin intención de limpiarse. Solo quería revivir cada segundo de aquella tarde antes de que su marido cruzara la puerta.
Había comprado el juguete semanas atrás y lo guardé en el cajón por miedo. Esa noche decidí que ya era hora de dejar de esperar que alguien más lo hiciera.
El domingo por la noche, solo y con ganas, decidí saltarme mi colección de fotos y dejarme llevar por el recuerdo de la mujer que más me excitó.
Tres meses escribiéndonos. Un solo paso para cruzar su umbral. Lo que vino después no fue lo que prometió: fue todo lo que mi cuerpo llevaba meses pidiendo a gritos.
Le había pedido el vestido azul y nada debajo. Cuando subió al coche y cruzó las piernas, supe que esa noche iba a obedecer todo lo que se me ocurriera.
Cuando ella encendió la cámara, ya estaba acostada en la cama, esperándome con una sonrisa que no era inocente. Y supe que ese sábado no iba a dormir solo.
Cuando me puse el antifaz frente al espejo, dejé de ser yo. Lo que pasó después en aquel jardín no se lo conté a nadie hasta hoy.
Cuando vi la foto de su barriga redonda en el chat, debería haber roto el teléfono. En vez de eso abrí el cajón, saqué el vibrador y empecé a imaginar.
Hacía años que no recurría a esos videoclips, pero un domingo bastó con escuchar el primer gemido grabado para que mi mano regresara al sitio exacto donde la había dejado a los catorce.