Lo que imagino cada noche cuando vuelvo sola a casa
Sé que no debería, pero cada vez que camino sola de madrugada lo busco con la mirada: ese desconocido que me arrincone contra la pared y no me pida permiso.
Relatos que exploran los deseos mas profundos
Sé que no debería, pero cada vez que camino sola de madrugada lo busco con la mirada: ese desconocido que me arrincone contra la pared y no me pida permiso.
Cruzó medio reino por una reliquia legendaria; lo que no esperaba era arrodillarse ante quienes la custodiaban, ni desearlo con cada fibra de su cuerpo.
«Vivo en el interior del lago», le dijo ella sin pestañear. Damián la tomó por una excéntrica y la siguió igual. Lo que halló en el fondo no era ningún cielo.
Cuando abrí los ojos no estaba en mi pupitre: estaba desnudo, atado a la silla del profesor, y unos tacones empezaban a rodearme en el aula vacía.
Lo vigilé desde antes de su falta. Dijo que yo era demasiado perfecta para caminar entre el barro, sin saber que esa frase lo condenaba a no salir nunca de él.
Esa noche bajé por un vaso de agua y él estaba despierto en el sillón. Lo que pasó después en mi cama, con mi padrastro respirando del otro lado de la puerta, todavía me quema.
Seguí un rastro de sangre hasta un claro donde algo me esperaba colgado entre los árboles. No imaginé que la criatura del bosque me elegiría a mí como su presa.
Nadó hacia mí sin dejar de mirarme y, en el agua tibia del atardecer, comprendí que aquello que sentíamos de chicos nunca se había ido del todo.
Aferrada al pasamanos del vagón, lo único que podía hacer era mirarlo de reojo e imaginar todo lo que nunca pasaría entre nosotros.
Cuando abrí la mochila que me entregó en el lobby de aquel hotel de mala muerte, entendí que la reunión no era lo que yo había imaginado. Y ya era tarde para echarme atrás.
Subí al escenario sin pensarlo, frente a una sala llena de desconocidos y de un hombre que ya no me miraba. Esa noche dejé de rogar y empecé a sentir.
Toda mi vida creí que le pertenecía solo a él. La tarde que entró a la dirección y me encontró sobre el escritorio, descubrí cuánto le gustaba verme con otro.
Cuando me tocó el último reto de la noche, supe que podía decir que no. Lo que nadie esperaba era que dijera que sí con esa sonrisa en los labios.
Volvía a confesarse cada semana por el mismo motivo, y callaba siempre la parte más importante: que el hombre al otro lado de la rejilla era el dueño de todos sus pecados.
Apenas solté amarras supe que aquella tarde no terminaría con un simple paseo: ella ya me miraba distinto, con esa media sonrisa que prometía mucho más.
Llevo meses repitiendo la misma escena en mi cabeza durante el trayecto de vuelta. Hoy, cuando el asiento de al lado se ocupó, casi se me corta la respiración.
Salí en bicicleta sin ropa interior, con el celular vibrando de mensajes que no debí abrir. El camino estaba vacío, pero yo me sentía observada por todos.
Cerré los ojos un segundo y, cuando los abrí, una sombra enorme me tapaba el sol. Lo que pasó después solo existía en mi imaginación… hasta esa tarde.
Mirabas a un lado y a otro, segura de estar sola, cuando te subiste el vestido en mitad del garaje. No viste que, dos plazas más allá, alguien llevaba un rato observándote.
Llegué a casa, lancé los tacones por el aire y dejé que mi imaginación hiciera lo que jamás me atrevería a hacer en la oficina.