El vestidor, la villana y mi debut de heroína
Fui al shopping a buscar un traje nuevo. Terminé masturbándome en el vestidor y cara a cara con una villana que me dejó inmóvil justo cuando más me hervía la sangre.
Relatos que exploran los deseos mas profundos
Fui al shopping a buscar un traje nuevo. Terminé masturbándome en el vestidor y cara a cara con una villana que me dejó inmóvil justo cuando más me hervía la sangre.
Entré a brindar con ellos por curiosidad, pero cuando cerraron la puerta de la obra y me rodearon, supe que no iba a salir igual.
Fingimos dormir en silencio, pero su erección contra mi culo y mi mano dentro de su bóxer hicieron imposible seguir quietos.
Entré a revisar materiales y terminé con la falda subida, la boca llena de él y las piernas temblando contra una mesa polvorienta.
Mi jefa quería un suplemento revolucionario, pero nadie imaginó que la primera prueba terminaría con gemidos sobre mi escritorio.
El bulto de Idris se apretó contra mí un instante y no me aparté. Cuando cerraron la puerta, seguía empapada. Bajé por agua a la cocina y vi el frutero.
Han pasado años, Mariana, y todavía te pienso mientras me toco en la oscuridad. Esta es la confesión que nunca vas a leer y la fantasía que no puedo dejar de repetirme.
La cajera me miró raro cuando pasó por caja los pepinos, la zanahoria y la berenjena. No imaginaba dónde iban a terminar unas horas después.
Cerré la ventana del baño para no repetir el error, pero cuando golpearon el vidrio supe que él también había pensado en mí toda la noche.
Entré por error al consultorio equivocado, pero cuando el médico cerró el pestillo supe que no saldría de allí de la misma forma.
Todo empezó en la escalera, con preguntas demasiado íntimas y una curiosidad que pronto se convirtió en pura calentura.
Empapados, a oscuras y demasiado cerca, entendí que pedirle que se quedara era dejar de fingir lo que llevaba meses imaginando.
Esa noche entré al hotel pensando en trabajar, pero terminé confesando lo que siempre me moja: que me miren, me graben y me cojan sin pudor.
Renata dormía apretada contra mi espalda en tanga y yo estaba desnudo. Cuando abrió los ojos supe que aquella mañana no iba a acabar como debía.
Salí de casa con una condición: portarme como la puta que los dos llevábamos meses imaginando.
Cuando vi cómo ella miraba a mi novio, pensé que iba a enfurecerme; en cambio, sentí ganas de empujarla hacia él y mirar de cerca.
Apenas cerré la puerta de casa, él ya me estaba dando la vuelta, vendándome los ojos y ordenándome obedecer sin hacer una sola pregunta.
Sabía que tocaba matarme a pajas en silencio esas vacaciones, hasta que Andrés empezó a describirme la escena y la fantasía se me metió entre las piernas.
Empezó con besos por una apuesta tonta, pero cuando vi a mi novia abrirse de piernas delante de todos, supe que la noche ya no tenía vuelta atrás.
Ni bien lo dejó en su portal supo que no iba a llegar a casa sin tocarse. Aparcó en el primer hueco oscuro que encontró y bajó la mano al bulto del pantalón.