Cómo lo fui preparando para mi juego de dominación
Empezó con una orden frente al espejo y terminó de rodillas, abriendo las piernas y pidiéndome que lo llevara mucho más lejos.
Relatos que exploran los deseos mas profundos
Empezó con una orden frente al espejo y terminó de rodillas, abriendo las piernas y pidiéndome que lo llevara mucho más lejos.
Después de aquella primera mamada en el coche, supe que con él no iba a conocer un romance tranquilo, sino una obsesión cada vez más caliente.
Ella creía estar sola en su cala privada. Yo, escondido tras las dunas, aprendí de memoria cada curva de su cuerpo antes de que las olas la vistieran de nuevo.
Entré del baño y las encontré besándose en el sofá; segundos después, una de ellas me miró y me pidió que le comiera el coño.
Aburrida frente al televisor, sola en una cama demasiado grande, cerró los ojos y dejó que su mano hiciera lo que llevaba dos años sin permitirse.
Frente al espejo, ajustándome la liga y la peluca rubia, me permito el lujo más peligroso de todos: imaginar a alguien que se quede después.
Tenía dos opciones: frenar todo y alejarla de él, o darle vía libre para que se quedara con lo que yo más quería. Elegí la peor de las dos.
La cama me queda enorme esta tarde de domingo. Cierro los ojos, abro las piernas y dejo que él aparezca: el hombre que todavía no conozco pero que ya me posee.
Antes de meterme a la ducha, me acosté en la cama con mi vibrador morado y decidí que esa tarde nadie iba a decirme cuándo parar.
En el templo de obsidiana, Nerea apretó los dedos contra su propio vientre y susurró el deseo que la consumía: ser, por fin, el espejo exacto del cuerpo doble de su amada.
Nunca le dije lo que imaginaba por las noches mientras ella dormía a mi lado. Esta es la confesión que llevo callando desde que llegamos a esa ciudad.
Llevaba años guardando esa fantasía sin contársela ni a mi marido. Esa madrugada, en una casa que no era la mía, dejé de imaginarla y empecé a vivirla.
Tengo treinta y cuatro años y nunca dudé de lo que era. Hasta que esa semilla empezó a crecer dentro de mí, silenciosa y persistente, y ya no pude ignorarla.
Elegí el lugar más cercano al agua, dejé caer el bikini y, antes de tumbarme, busqué con la mirada a quien no había podido apartar los ojos de mí.
Ninguno se atrevía a moverse, pero ella sabía que bastaba un gesto suyo para que la playa entera contuviera la respiración y el círculo dejara de ser solo arena.
«Soy tu señora y te ordeno que te quedes quieto», susurró. Yo había sobrevivido a tres misiones de combate, pero nada me había preparado para obedecerla a ella.
Solo quería sentarme en la penumbra y tocarme un rato. No contaba con que un completo desconocido, a tres butacas de distancia, me hiciera perder la cabeza.
La odiaba con todas mis fuerzas, y aun así, con su cuerpo atado sobre el mío y la mordaza ahogando sus insultos, mi cuerpo me traicionó de la peor manera.
Ninguna lo dijo en voz alta, pero ambas lo sabían: cada gesto bajo el sol era un desafío, una invitación que nadie en la playa logró ignorar esa tarde.
Dos cuerpos brillantes de aceite, un círculo de hombres mirando y una pregunta sin respuesta: ¿iban a pelear por la atención o a repartírsela como cómplices?