La subasta secreta donde solo un postor importaba
La regla había sido siempre la misma: su virginidad era intocable. Esta noche, frente a una sala de hombres ávidos, esa regla se rompería ante el mejor postor.
Relatos que exploran los deseos mas profundos
La regla había sido siempre la misma: su virginidad era intocable. Esta noche, frente a una sala de hombres ávidos, esa regla se rompería ante el mejor postor.
Me entrenaron para complacer y obedecer, pero esa puerta entreabierta despertó algo distinto: una chispa de desafío que ni las esposas frías contra mi piel lograron apagar.
Llevaba años imaginándolo en silencio, sin contárselo a nadie. Esa noche, en la barra de un hotel ajeno, una desconocida decidió por mí.
Yo seguía desnuda sobre la cama cuando la puerta se abrió, y por un segundo ninguno de los dos supo qué hacer con lo que el otro acababa de ver.
Bajé al despacho esa madrugada solo para descubrir el plan que tenían para mí. Y, en lugar de huir, me arrodillé y dije que sí a todo.
Cuando él apretó el hombro del tipo que la había acosado, Mariela sintió algo que no debía: la certeza de que ese chico podía hacer con ella lo que quisiera.
Nadie se atrevía a moverse, hasta que ella alzó el frasco de aceite hacia los desconocidos y, sin decir una palabra, los invitó a formar parte del juego.
Cuando el sol empezó a caer, ninguna de las dos mujeres mandaba con palabras: bastaba una mirada para que cada mano supiera dónde debía posarse.
Llevaba media vida deseando a aquel hombre que le doblaba la edad. Esa tarde cerró la persiana, apagó las luces del local y decidió que ya no quería esperar más.
Cuando bajé la mano para tocarme, lo que encontré entre mis piernas no era lo que me había acostado a dormir. Y lo peor fue que no quise apartarla.
Cuatro manos la alzaron sobre la arena mientras el círculo entero contenía la respiración, esperando ver hasta dónde se atrevería a llegar esa tarde.
Detrás de cada antifaz había una invitación que nadie se atrevía a decir en voz alta, y esa noche decidiste aceptarla sin pedirme permiso.
Nunca había cruzado el umbral de un círculo así, pero esa tarde, con la piel cubierta de aceite y sal, Daniela entendió que ciertos deseos solo existen cuando se comparten.
Cerré la puerta con llave y fue como apretar un interruptor: por primera vez iba a desnudarme frente a la cámara para que alguien, del otro lado, me deseara.
Reservé dos entradas para una sala casi vacía y le regalé una a una desconocida que me leía. No sabía si vendría, hasta que la vi buscar su asiento en la penumbra.
El espejo del camerino le devolvía a una mujer que no reconocía. En unos minutos, decenas de extraños la verían desnuda. Y aun así, decidió cruzar la cortina.
Cuando las puertas del ascensor se cerraron, ya nadie fingía. Marina buscó mi mano y la guió bajo su falda mientras tú me besabas sin apartar los ojos de ellas.
Marcela me miraba por el retrovisor con una sonrisa que no era la de una madre tranquila. Yo no sabía que esa tarde lo cambiaría todo entre nosotros.
Entré a la habitación a ciegas, casi desnuda bajo el abrigo, sin saber quién me esperaba al otro lado de la música. Solo la voz de mi marido me guiaba.
Me arrodillé frente a la ventana sin imaginar que uno de ellos ya había rodeado la casa y me observaba en silencio desde la puerta trasera.