La invitación que mandé a mis ocho amantes esa madrugada
Llevaba toda la noche con tres hombres y todavía me sentía insaciable. Así que tomé el teléfono y escribí: «¿Están listos para no dejarme dormir en todo el fin de semana?»
Llevaba toda la noche con tres hombres y todavía me sentía insaciable. Así que tomé el teléfono y escribí: «¿Están listos para no dejarme dormir en todo el fin de semana?»
Solo quería respirar lejos del humo y las bromas. Jamás imaginé que, desde el asiento trasero de mi propio coche, vería lo que aquel desconocido se atrevió a hacer con mi mujer.
Maximiliano presumía de ser el alfa de la sala hasta que ella cruzó la puerta. Bastó un susurro y su perfume para que su imperio de humo se viniera abajo frente a todos.
Cuando la mujer más elegante del salón me tomó de la mano y susurró «acompáñame», supe que esa noche no iba a parecerse a ninguna otra de mi vida.
Cuando subí a la camioneta con mi novio inconsciente en el asiento de atrás, su padre ya tenía esa sonrisa de quien sabe exactamente lo que va a pasar.
Crucé media España para dejar atrás aquella tarde en la piscina, pero la música y un desconocido me arrastraron a repetir lo que juré no volver a sentir.
Llevaba apenas un mes en la empresa cuando mi directora plantó la mano sobre mi muslo y me ordenó que subiera a tomar algo. No pensaba desobedecerla.
Tenía cuarenta y dos años, un matrimonio recién enterrado y unas ganas enormes de sentirse deseada otra vez. Esa noche, en la barra, alguien la miraba.
Habíamos saltado la verja de una finca vacía. Él me marcaba el ritmo con la mano en mi nuca y yo me dejé llevar sin pensar en nada más.
A oscuras, a unos metros de mi portal, su polla brillaba bajo la única farola de la calle. Y yo ya sabía que iba a volver a bajar la cabeza.
Cuando los cuatro chicos entraron al apartamento a las cinco de la mañana, supe que iba a vivir algo que nunca le he contado a nadie.
Renata siempre se escondía detrás de Camila y Marisol. Esa noche, en la arena tibia y lejos de casa, decidió que ya no quería mirar desde la orilla.
Apenas lo conocía, pero cuando aquel desconocido me agarró delante de todos, el chófer dejó su copa en la barra y se acercó con una calma que daba más miedo que cualquier grito.
Cuando le abrí la puerta de casa supe que esa señora iba a arruinarme la noche. No imaginé hasta qué punto, ni dónde terminaría arrodillada frente a mí.
Lo até con una correa fina alrededor de todo lo que le importaba y, cuando tiré por primera vez, supe que esa noche iba a ser mía de principio a fin.
Crucé la puerta esperando una fiesta normal. Encontré un patio lleno de chicas en bikini, ningún otro hombre y una anfitriona con una sonrisa que no era amable.
Tengo la boca seca, la cabeza a punto de estallar y no reconozco esta cama. A mi lado duermen cuerpos desnudos que anoche conocí demasiado bien.
Cuando volví a la cocina por los hielos, mi mejor amiga estaba de rodillas frente a uno de los chicos. Y los demás venían justo detrás de mí.
Una semana después de la fiesta seguía pensando en ellos. Así que les escribí a todos, me puse el vestido más corto y fui a la casa donde sabía que nadie nos interrumpiría.
Cuando Mariana bajó cambiada y sus amigas la siguieron, supe que esa reunión de oficina no iba a terminar como ninguna otra velada entre conocidos.