Acepté el juego de la fiesta privada en la mansión
El taxi me dejó frente a una verja enorme y un vigilante me esperaba. Yo todavía no sabía que esa noche dejaría de ser una invitada para convertirme en el juego.
El taxi me dejó frente a una verja enorme y un vigilante me esperaba. Yo todavía no sabía que esa noche dejaría de ser una invitada para convertirme en el juego.
Juramos cien veces que no pasaría nada con ellos. Lo juramos hasta convencernos. Y entonces nos llamaron a su habitación y ella estaba esperándonos desnuda.
Cuando sonó el disparo del Mariscal, supe que esa sería nuestra última noche. Lo que no imaginé fue en qué se convertiría la fiesta al apagarse las luces.
Toqué la puerta de madera esperando a mi padre, pero quien me abrió fue el capataz, con una sonrisa distinta. Y entonces me dijo que él no estaba.
Llevaba años buscando algo más fuerte que un solo hombre. Aquel fin de semana, en mi casa de la sierra, treinta de ellos me esperaban junto a la piscina.
Pensé que solo cenaría algo típico antes de dormir. No imaginé que esos dos chicos del bar me llevarían a la noche más desinhibida de mi vida.
Yo solo iba de acompañante, lo juro. Pero cuando los dos entraron en la terraza, idénticos y sonriendo igual, supe que esa noche no me iba a portar bien.
Cuando Mariela tomó el micrófono y dijo que el local quedaba cerrado para nosotras solas, entendí que esa noche ninguna iba a volver a casa siendo la misma.
Llevaba años entrando sola a ese club, esperando una mirada que se quedara en ella. Esa noche unos dedos desconocidos la tomaron de la mano y la arrastraron a la oscuridad.
Mariana nunca había besado a otra mujer hasta esa noche. Volvió a casa temblando de deseo, sin imaginar que su hermanastra la observaba en la oscuridad.
Yo no conocía a nadie en esa cena de chicas, hasta que ella entró por la puerta y nuestras miradas se quedaron pegadas por encima de los platos.
Llegó del brazo de mi amigo, con esa boca de labios carnosos, y supe enseguida que esa noche, en mi cumpleaños, iba a ser mía aunque fuera la novia de otro.
La discoteca cerró a las dos y ninguna quería irse a dormir. Pedimos la habitación con jacuzzi, dos botellas más y lanzamos una idea que lo cambió todo.
Aceptó la invitación para pagarle a su novio con la misma moneda y eligió al zombie de rasgos finos, sin imaginar lo que descubriría al quitarle el disfraz.
Tenía un vestido rojo demasiado ajustado y cuarenta y dos años recién cumplidos cuando aquella rubia apoyó la mano en mi cintura y me apretó contra ella.
Sentí una mano en la cadera y una boca en la oreja: «Hueles increíble». Cuando me di la vuelta, era ella, la chica con la que mi amiga había venido a coquetear.
Nunca le confesé que me gustaban las mujeres ni que ella me quitaba el sueño. Pero esa madrugada, solas en la piscina, fui yo la que se atrevió a decir lo que sentía.
Llegué soltera y aburrida, dispuesta a marcharme temprano. Entonces sonó la lambada y unas manos firmes me tomaron de la cintura desde atrás.
La seguí en redes para vengarme de mi ex, pero terminé deseándola a ella. Meses después la vi entre la gente y supe que esta vez no la dejaría ir.
Llevábamos años odiándonos en la oficina, pero esa noche, con la cuarta margarita en la mano, su pulgar rozó mi muslo desnudo y todo cambió.