Mi padre y mi amante eran amigos y no lo sabía
Lo besé dentro del coche antes de entrar a la fiesta, sin imaginar que adentro me esperaba la última persona que querría encontrar: mi propio padre.
Lo besé dentro del coche antes de entrar a la fiesta, sin imaginar que adentro me esperaba la última persona que querría encontrar: mi propio padre.
Salí del baño con el bikini a medio desabrochar y él estaba ahí, secándose el pelo. Nos quedamos congelados. Lo que pasó después todavía me hace sonreír.
Pensé que lo conocía después de tres años juntos, hasta esa noche en que dejó la copa sobre la mesa y me dijo que tenía una fantasía que no se atrevía a contarme.
Por fuera era la novia perfecta, la que apaga la luz y gime bajito. Esa madrugada llegué encendida desde la pista y decidí que ya no iba a fingir.
Pasé doce meses cargando focos y odiando mi vida. Esa madrugada, junto a la fuente, una desconocida me pidió que la fotografiara como nadie se había atrevido.
Le había arruinado el vestido al principio de la fiesta. No imaginé que esa misma desconocida me arrinconaría contra la barandilla cuando ya no quedaba casi nadie en la azotea.
Me llevé un vaso de chupito vacío al salir de la pista. Ni yo entendía por qué, hasta que estuvimos solos en su coche y supe exactamente lo que iba a hacer con él.
De día tenía un nombre corriente y pasos prácticos. De noche, entre luces rojas, elegía a un desconocido y no fallaba jamás.
Terminó la presentación, los tambores se apagaron, pero el fuego que el carnaval le había encendido entre las piernas recién empezaba a arder.
Solo quería darle celos a mi ex. No imaginé que esa noche terminaría subiendo unas escaleras escondidas con el patovica que vigilaba la entrada.
Me apunté a última hora a una fiesta en el campo donde nadie tenía pareja y mandaba una sola regla: lo que pasara esa noche, se quedaba allí. No imaginaba hasta dónde llegaría.
Pensé que solo cenaríamos los tres. Pero mi prima había invitado a sus amigos, y esa noche descubrí hasta dónde estaba dispuesto a llegar para complacer a su novio.
Recibí la nota sin firma frente a todos. Esa misma noche, detrás de una máscara, las manos de un hombre me enseñaron lo que tanto había callado.
Eneko se rompió esa noche, así que Unai hizo lo único que sabía calmarlo: lo llevó a la cama donde Mikel y Asier ya esperaban despiertos.
Llegué a esa fiesta en bañador creyendo que sería un día más con mi novio. No imaginaba que acabaría de rodillas, mostrándole a otro lo que se estaba perdiendo.
Llevaba años guardando ese secreto. Bastó una botella de vodka y una vieja chancleta blanca para que ella tomara el control y me pusiera de rodillas.
En cuanto la reunión se relaja y nadie mira, me escabullo al baño. Sé exactamente qué voy a encontrar en el cesto, y sé perfectamente lo que voy a hacer con ello.
Ella levantó la falda, me miró fija y dijo que no me diera vergüenza, que todos lo hacíamos. Ahí supe que esa noche no se parecería a ninguna otra.
Cada paso hacía sonar el metal escondido bajo su falda. Vera había aprendido a vivir mojada, al borde, esperando la próxima aguja que él hundiría en su carne.
Desde niño los globos me aterraban y me excitaban a partes iguales. Aquel cumpleaños, encerrado en el baño, descubrí hasta dónde podía llevarme esa contradicción.