Lo que pasó en la suite de Mallorca con dos desconocidos
Tres amigas, una suite pagada por la empresa y dos malagueños con ganas de fiesta. Lorena sabía que esa última noche en la isla no iba a dormir sola.
Tres amigas, una suite pagada por la empresa y dos malagueños con ganas de fiesta. Lorena sabía que esa última noche en la isla no iba a dormir sola.
Me vendaron los ojos y me sentaron en una silla. Cuando unas manos me hicieron tocar ese cuerpo desnudo, supe que mi despedida no iba a parecerse a ninguna otra.
Mi amiga me empujó de nuevo al sofá, me dijo que no me moviera, y cuando quise entender qué pasaba ya había unas manos abriéndome las piernas.
Llegué con un vestido negro y la idea de pasar un rato fácil. A las tres de la mañana ya no contaba las botellas ni las manos que me recorrían la espalda.
Salí del trabajo con un calor insoportable y se me ocurrió pasar por la sauna. No sabía que aquel desvío iba a terminar con los tres metidos en algo mucho más grande.
Dos chicas y diez chicos en una sala privada, copas caras y un juego de cartas que dejó de ser inocente con cada cubito de hielo. No pensaba frenar.
Cuando Sofía dijo «¿y si en vez de un trío hacemos una orgía?», sentí que el estómago se me caía y que, por primera vez, no quería decir que no.
Subimos a la habitación de arriba sin saber que esa noche íbamos a cruzar todos los límites que creíamos tener bien claros.
Bajó la voz y me lo dijo al oído mientras bailaba: esta noche quiero que me veas con tus dos amigos. Y yo, en lugar de frenarla, le seguí el juego.
Sabía que aquel disfraz de diabla era demasiado atrevido, pero lo que no imaginé es hasta dónde estaría dispuesta a llegar cuando dejé las braguitas escondidas en el baño.
Pensé que pagaría la apuesta con un beso o una broma. En cambio, mi amigo me retó a presentarme como dama de compañía en la despedida de su mejor amigo.
Bajé la guardia con una pregunta tonta sobre el sexo en grupo, y Antonella sonrió como si llevara meses esperando que alguien la hiciera.
Llevaba años casada y aburrida cuando aquellos cuatro chicos me rodearon en la pista. Ninguno imaginaba que, bajo el disfraz, yo estaba más que dispuesta a seguirles el juego.
Dije que no tres veces. La cuarta ya estaba flotando desnuda mientras varias manos decidían por mí qué iba a pasar esa noche bajo las luces.
Cuando los gemidos del cuarto cerrado llegaron hasta el jardín, Andrés supo que tenía que ver con sus propios ojos lo que estaba pasando del otro lado de esa puerta.
Tres mujeres, tres hombres y una sola regla esa noche en el bungaló: nadie sabía con quién acabaría, y el cronómetro ya corría sobre la mesa del salón.
Cuando entró aquella chica de ojos verdes al bar, fui la única que notó el detalle que las demás pasaron por alto. Y esa misma noche acabó dentro de nuestra cama.
Solo quería dormir la borrachera. Pero cuando la puerta se abrió y entraron ellos tres, decidí seguir con los ojos cerrados para ver hasta dónde se atrevían.
Llevaba horas tirada sobre la toalla, el sol bajando, y cada vez que creía haber terminado alguien nuevo se arrodillaba a mi lado con otra idea en la cabeza.
Dejé el móvil en la entrada, monté mis platos y, cuando se hizo de noche, entendí por qué: medio jardín follaba sin pudor y la anfitriona venía directa hacia mí.