Hetero, arruinado y una oferta imposible de rechazar
Medio millón de euros por pasar cinco días en el Caribe con un desconocido. Bruno no era gay, pero las deudas no entienden de etiquetas y el avión privado ya lo esperaba.
Relatos de deseo y encuentros entre hombres
Medio millón de euros por pasar cinco días en el Caribe con un desconocido. Bruno no era gay, pero las deudas no entienden de etiquetas y el avión privado ya lo esperaba.
Recibí la nota sin firma frente a todos. Esa misma noche, detrás de una máscara, las manos de un hombre me enseñaron lo que tanto había callado.
Acepté el juego: la puerta sin cerrar, las luces apagadas y un hombre al que nunca le vería la cara. Lo que no imaginé fue encontrármelo el lunes en la oficina.
Tenía una semana para decidir si lo dejaba todo atrás. Esa noche, cuatro hombres se propusieron que olvidara la decisión, aunque fuera solo por unas horas.
Entré con un vaso de agua y lo encontré cambiándose de pantalón. A partir de ese segundo supe que todo lo que creía saber de mí mismo era mentira.
Su mano subió desde mi rodilla hasta el muslo sin prisa, como si supiera de antemano que yo no iba a apartarla. Y no la aparté.
La maleta de Unai ya estaba hecha, pero antes de cruzar el océano quedaba una última noche: cuatro cuerpos, dos correas y una despedida que ninguno olvidaría jamás.
No había dormido en dos días, pero unos pasos en el pasillo a oscuras lo despertaron: alguien entraba al baño donde ya esperaba otro chico, y nadie más lo sabía.
Cazaba ciervos en el monte cuando unas garras me alzaron hacia las nubes. Al despertar, un hombre de barba hirsuta y sexo erecto me esperaba sobre un lecho de mármol.
El anuncio decía «sesión erótica gratuita para chicos jóvenes». Lo que no decía, y yo entendí perfectamente, era cómo pensaba cobrármela aquella noche.
Matías abrió descalzo, con esa media sonrisa que no escondía nada. Detrás de Andrés, Esteban ya respiraba en su nuca. Los tres sabían para qué habían venido.
Subí a entregar unos papeles y bajé con un desconocido que olía a colonia cara. Entonces el ascensor se detuvo, las luces murieron y todo cambió entre nosotros.
Bajó del estrado temblando de rabia. No quería estar solo: cruzó el pasillo del apartamento y empujó la puerta de la suite donde sus dos hombres ya lo esperaban despiertos.
Empezó como un juego en la última fila del teatro y terminó siendo una adicción: buscar el rincón más imposible de la ciudad para perder el control.
Me pidió que cerrara los ojos frente al escaparate. Cuando los abrí, supe que Hugo quería verme convertido en algo que siempre deseé ser sin atreverme a decirlo.
Entró creyendo las duchas vacías, pero el vapor escondía a alguien más. Su compañero de equipo no lo había oído llegar, y él ya no podía apartar los ojos de lo que veía.
Llevaba meses mandándole toques sin respuesta. Aquella mañana contestó con dos palabras que me pusieron de rodillas antes incluso de abrirle la puerta.
El azul de su peto le traía suerte, decían. Pero esa noche, bajo el chorro de agua y las miradas de sus compañeros, supo que la suerte tenía otro nombre.
Cuando cruzaron el portal con la falda rosa y las orejas de conejito, sintieron todas las miradas clavarse en ellos. Y el juguete seguía latiendo dentro de los dos.
Cuando me abrió la puerta en calzoncillos y me dijo «de rodillas, en silencio», supe que esa noche valdría la cruzada en Uber hasta la otra punta de la ciudad.