La novia de mi primo me besó junto a la piscina
Nunca le confesé que me gustaban las mujeres ni que ella me quitaba el sueño. Pero esa madrugada, solas en la piscina, fui yo la que se atrevió a decir lo que sentía.
Historias de pasion y deseo entre mujeres
Nunca le confesé que me gustaban las mujeres ni que ella me quitaba el sueño. Pero esa madrugada, solas en la piscina, fui yo la que se atrevió a decir lo que sentía.
Bastó que ladeara la cabeza hacia la puerta del fondo para que yo dejara mi copa en la barra y la siguiera sin pensarlo dos veces.
Ocho años de carrera y ningún paciente me había mirado así. Esa tarde ella subió los pies al sillón, me sostuvo la mirada y todo lo que yo creía firme empezó a temblar.
Carla no podía quitarle los ojos de encima mientras ella entrenaba. Cada gota de sudor en su espalda encendía algo que jamás había sentido por otra mujer.
Cuando Renata abrió la puerta del cuarto con el arnés puesto y preguntó si había lugar para una más, supe que esa Navidad no íbamos a olvidarla ninguna.
Llegué soltera y aburrida, dispuesta a marcharme temprano. Entonces sonó la lambada y unas manos firmes me tomaron de la cintura desde atrás.
Abrí el baúl sin saber que dentro me esperaba el secreto de otra mujer: su lencería, su diario y la prueba de que ella también amó a alguien que no debía.
Llevaba cinco años con su novio y nunca había dudado. Hasta que aquella mujer de ojos negros la miró fijo en el andén y algo se rompió por dentro.
La oí cerrar las maletas al otro lado del muro y supe que se iría con el alba. Descalza y temblando, crucé el pasillo hasta la puerta entornada de su cuarto.
Llegó veinte minutos tarde a propósito, para que no nos diera tiempo de ir al teatro. Solo entonces entendí que ella ya había decidido cómo terminaría la noche.
La seguí en redes para vengarme de mi ex, pero terminé deseándola a ella. Meses después la vi entre la gente y supe que esta vez no la dejaría ir.
Tenía las manos heladas en la sala de embarque, pero no era por el frío: en pocas horas volvería a verla y no sabía si correría a abrazarla o a esconderme.
Reservó turno para una depilación de rutina antes de las vacaciones. Lo que no esperaba era la forma en que aquella mujer la miraría al cerrar la puerta del privado.
Llevaba seis días contando las horas para mi boda cuando la vi salir de la cafetería. No la veía hacía años, pero mi cuerpo la reconoció antes que yo.
Llevaba una pistola escondida en la media y una misión imposible: acercarse a la mujer más peligrosa del salón sin que el deseo la delatara antes de tiempo.
Cuando se sentó en la barra y me sonrió, pensé que solo compartiríamos un trago. No imaginé que unas horas después estaría desnuda, esperando su próxima orden.
Ella dirigía el retiro con la devoción de quien nunca rompe una regla. Yo solo quería un masaje a solas, lejos de los rezos y de las miradas ajenas.
Llevábamos años odiándonos en la oficina, pero esa noche, con la cuarta margarita en la mano, su pulgar rozó mi muslo desnudo y todo cambió.
Cuando le ofrecí el trabajo, sonrió y me dijo que ahora le tocaba a ella preguntar. La primera fue si la llevaría a la cama después de cenar.
Yo solo servía las bebidas. Ella me miraba desde el otro lado de la barra como si ya supiera, antes que yo, cómo iba a terminar esa noche.