El regalo anal que le di a mi amante maduro
Cerré la puerta, lo besé contra la pared y supe que esa noche no iba a darle una cena: iba a darle el regalo más sucio que me había pedido en silencio.
Relatos con mujeres experimentadas y seductoras
Cerré la puerta, lo besé contra la pared y supe que esa noche no iba a darle una cena: iba a darle el regalo más sucio que me había pedido en silencio.
Solo iba por unas almohadas y un helado, pero ese hombre no dejaba de mirarme las piernas como si ya supiera cómo iba a terminar la noche.
Nunca imaginé que me excitaría tanto caminar por la calle sin nada debajo del vestido, sabiendo que un desconocido guardaba mi ropa interior entre las manos.
Lo conocía desde que cuidaba mi jardín: callado, correcto, siempre con un «señora» en la boca. Aquella tarde de abril entró a beber agua y todo cambió.
Se ajustó las cuñas, me miró por el espejo y dijo que esa noche pensaba dejarse llevar. No imaginé hasta dónde, ni cuánto me gustaría mirar.
Bajé del avión buscando silencio y calas vírgenes; en recepción me dijeron que solo quedaba una suite, con una cama enorme, y que tendría que compartirla con él.
Todos en el instituto fantaseaban con la profesora de matemáticas. Yo fui el único que descubrió, escondido en un armario, lo que de verdad pasaba con ella.
Llegué a la fiesta dispuesta a portarme mal. No imaginé que el hermano mayor de mi amante me estaba esperando, ni que él sabía exactamente lo que yo escondía.
Cuando entró al apartamento esa tarde, no esperaba encontrar a otro hombre sentado en el sofá, ni descubrir cuánto la excitaba sentirse observada.
La veía moverse en las clases de yoga con una elegancia que me desarmaba. Jamás imaginé que un cruce casual en el andén terminaría en su dormitorio.
Él esperaba una señora voluptuosa y experimentada; recibió a una esposa menuda y callada. Esa noche, ella decidió demostrarle cuánto la había juzgado mal.
Tenía veinticuatro años y creía saber lo que me gustaba, hasta que aquel hombre maduro me miró desde el otro lado de la cocina y todo se vino abajo.
Quince años atrás compartíamos algo más que turnos y fotocopias. Cuando me tomó del brazo a la salida, supe que la noche no terminaría en la puerta del salón.
Tenía sesenta y dos años, una sonrisa descarada y dos cervezas en la nevera. Yo solo había ido a ordenarle los canales de la tele.
La conocí en la barra del hotel: elegante, pelo corto y rubio, con una sonrisa que ya tenía decidido lo que pasaría conmigo. No imaginé por qué me había elegido.
Me lo crucé paseando al perro a medianoche, achispada por las cervezas, y le solté lo que llevaba semanas callándome: estoy sola, sube cuando quieras.
En la puerta solo había un antifaz y una nota: «Póntelo y llama». Podía salir corriendo, pero a sus años estaba cansada de no atreverse a nada.
Cuando mi familia salió y la casa quedó en silencio, me puse el vestido rosa, preparé una bandeja con el desayuno y subí a la habitación del invitado con una idea muy clara en la cabeza.
A los cuarenta y siete años creía que el deseo pertenecía al pasado, hasta que lo vio quitarse la camiseta bajo el sol y hundir las manos en la tierra de su jardín abandonado.
Me pidió que la llevara al recital como quien pide un favor inocente. No sabía que esa noche, en el palco, iba a aprender quién manda de verdad.