El hombre maduro que me esperaba en la piscina
Llevaba meses cruzándolo en el agua sin decirnos nada. Aquel domingo, cuando sus manos rozaron mi cintura en la escalerilla, dejé de fingir que no lo deseaba.
Relatos con mujeres experimentadas y seductoras
Llevaba meses cruzándolo en el agua sin decirnos nada. Aquel domingo, cuando sus manos rozaron mi cintura en la escalerilla, dejé de fingir que no lo deseaba.
Cuando me arrodillé frente a él mientras conducía, supe que esos últimos kilómetros de carretera iban a quedarse conmigo mucho más de lo que admití.
Encontré una copa de vino, un antifaz negro y un texto encendido en la pantalla. Lo leí despacio y entendí que esa noche mi marido había decidido cumplir su mayor deseo.
Mariela reconoció esa voz ronca antes de girarse. El verdadero dueño de la oficina había vuelto, y traía con él todas las viejas reglas.
Llevaba un vestido blanco para una noche con mi novio que nunca llegó. A las tres de la madrugada, el único que respondió mi llamada fue mi inquilino.
Llevaba meses mirándola entrenar sin atreverme a nada. Esa noche me invitó a su casa y descubrí que la mujer tímida del gimnasio escondía a otra muy distinta.
Tenía cuarenta y dos años, un matrimonio recién enterrado y unas ganas enormes de sentirse deseada otra vez. Esa noche, en la barra, alguien la miraba.
La reconocí al fondo del bar y el corazón me dio un vuelco: era ella, la maestra que me robó el sueño cuando era un crío. Y esta vez yo ya no era ese niño.
Caminaba por el pasillo alfombrado con el corazón desbocado: al otro lado de esa puerta la esperaba el hombre que llevaba media vida imaginando.
Le dije que se había olvidado una camiseta solo para tenerlo en mi mesa. Lo que descubrió esa noche no se parecía en nada a la esposa que dejó.
Subí a sujetar la escalera sin imaginar lo que iba a encontrarme al levantar la vista. Esa tarde, en la trastienda, aprendí quién mandaba de verdad.
Le dije que todo sería por adelantado. Él sonrió, transfirió la mitad y me citó en un departamento donde nadie haría preguntas. Yo subí dispuesta a cobrar cada minuto.
Mis pechos siempre fueron mi arma secreta, y aquel viernes con la oficina vacía decidí usarlos para conseguir de él lo que de verdad quería.
Crecí entendiendo el naturismo como algo natural, pero nada me preparó para el día en que el novio de mi madre dejó de taparse delante de mí.
Me asomé apenas un segundo por la rendija de la puerta. Fue lo que tardó en grabárseme para siempre, y en arruinarme cada noche que vino después.
Volvía cada madrugada oliendo a tabaco americano y perfume nuevo. Yo callaba y guardaba mis sospechas, hasta la noche en que decidí seguirla y descubrir con quién pasaba esas horas.
Madrugo para tener el gimnasio para mí sola. Pero desde hace tres semanas hay un motivo mucho mejor para llegar antes que nadie: él, y esa sonrisa de escándalo.
A mis cuarenta y nueve creía haberlo visto todo, hasta que aquel desconocido empapado se quitó la camiseta en mi patio y supe que la tarde no terminaría con la jardinería.
Me pilló mirándola mientras ojeaba un Cortázar. Sostuvo la mirada tres segundos, sonrió de lado y supe que esa tarde en la librería no iba a terminar entre libros.
No me importó que me llevara treinta años. Con el vaivén de la carretera, su mano encontró mi cadera en la oscuridad y dejé de fingir que aquello no me gustaba.