Mi confesión en el barrio de sexo de pago
Aquella madrugada me pagaron solo por mirar, pero terminé de rodillas, con una polla en la boca y otra abriéndome sin que pudiera apartarme.
Relatos con mujeres experimentadas y seductoras
Aquella madrugada me pagaron solo por mirar, pero terminé de rodillas, con una polla en la boca y otra abriéndome sin que pudiera apartarme.
La primera vez que cerré el candado de su jaula, ella tembló de rabia... y se corrió solo con oír cómo giraba la llave.
La seguí por instinto, lo vi apretar el paso con la chica y supe que no iba a dejarlo salir entero de aquel callejón.
Le ofrecí agua por el calor, pero cuando volvió a mi piso por una cerveza, ya no venía solo a descansar.
El bulto de Idris se apretó contra mí un instante y no me aparté. Cuando cerraron la puerta, seguía empapada. Bajé por agua a la cocina y vi el frutero.
Mi marido me miraba masturbarse mientras el otro hombre me abría las piernas sobre la cama y me hacía olvidar cuántos años tenía.
Empezó con desayunos, miradas y una casa en silencio; terminó cuando su voz tembló al pedirme que cerrara la puerta de mi cuarto.
Después de despedir a mi hijo en la terminal, me quedé sola con su mejor amigo y ya no tuve fuerzas para seguir fingiendo que no lo deseaba.
Volví de la playa temblando por el esfuerzo, pero lo que de verdad me dejó sin aliento fueron sus manos y lo que imaginé hacer con ellas sobre mi cuerpo.
Cuando cerró la puerta de la oficina y me pidió que la mirara a los ojos, entendí que ya no íbamos a hablar solo de trabajo.
Esa noche entré al hotel pensando en trabajar, pero terminé confesando lo que siempre me moja: que me miren, me graben y me cojan sin pudor.
Llegué antes que nadie a la finca y supe por su mirada que no me había invitado para enseñarme los caballos.
Entró al dormitorio envuelta en una toalla para imponer respeto, pero terminó abierta de piernas, temblando y pidiendo que no dejaran de darle.
Entré para avisar que había llegado a clase y la encontré llorando bajo el agua; cuando me miró, su orden fue simple: —Sacate la ropa.
Mi amigo siguió de fiesta, y su madre me miró como no debía. En el coche empezó el juego que terminó en su cama y no paró al amanecer.
Cuando vi cómo él se le pegaba por detrás en el ascensor, supe que ese apartamento escondía algo que no iba a poder dejar de mirar.
Nunca olvidé la tarde en que sus dedos dejaron las teclas, bajaron por mi vientre y me hicieron correrme sin dejar de dar la lección.
Cuando lo trajeron a la piscina, todavía sonreía. Dejó de hacerlo en cuanto entendió que allí mandaban ellas.
Cuando vi apagar las luces de la casa de campo, supe que esa noche no iba a dormir: iba a mirar cada segundo en silencio.
Los vi follando en el sofá de mi casa y no pude apartar la mirada; cuando él me descubrió, decidió que ninguno se iba a quedar mirando.