Mi vecina me pidió un masaje y sabía que la espiaba
Llevaba meses mirándola por la ventana, pero el día que llamó a mi puerta entendí que ella también llevaba tiempo esperándome.
Llevaba meses mirándola por la ventana, pero el día que llamó a mi puerta entendí que ella también llevaba tiempo esperándome.
Sabía que tocaba matarme a pajas en silencio esas vacaciones, hasta que Andrés empezó a describirme la escena y la fantasía se me metió entre las piernas.
Ni bien lo dejó en su portal supo que no iba a llegar a casa sin tocarse. Aparcó en el primer hueco oscuro que encontró y bajó la mano al bulto del pantalón.
Empezó con una orden frente al espejo y terminó de rodillas, abriendo las piernas y pidiéndome que lo llevara mucho más lejos.
Creí que solo iba a espiarlas desde la toalla, pero cuando una de ellas me sostuvo la mirada supe que ya no estaba mirando yo solo.
Ella creía estar sola en su cala privada. Yo, escondido tras las dunas, aprendí de memoria cada curva de su cuerpo antes de que las olas la vistieran de nuevo.
Nunca imaginé que me excitaría tanto caminar por la calle sin nada debajo del vestido, sabiendo que un desconocido guardaba mi ropa interior entre las manos.
Cada vez que íbamos a esa casa, mi marido encontraba un rincón para pararme, bajarme la ropa y susurrarme al oído el nombre de Damián mientras sacaba el móvil.
Sabía a lo que íbamos antes de subir al coche, pero me dejé llevar igual. Aquel chalet apartado, la piscina vacía y dos hombres que no me quitaban los ojos de encima.
Tenía tres meses sin escribir una sola línea decente. Lo que no imaginé es que mi bloqueo se curaría por el lado más inesperado de mi propio cuerpo.
Era virgen, estaba deprimido y solo quería que alguien le creyera. Acepté verlo en la última fila de un cine a oscuras, y lo que pasó allí todavía me da morbo.
A los cuarenta y siete años creía que el deseo pertenecía al pasado, hasta que lo vio quitarse la camiseta bajo el sol y hundir las manos en la tierra de su jardín abandonado.
Eran las once de la noche, la calle estaba vacía y decidí quitarme la ropa ahí mismo. No imaginé que alguien tambaleándose en la esquina me estaba observando.
Llevaba meses imaginando esa consulta. Ese martes entré dispuesta a que el chequeo de rutina se convirtiera en algo que ninguno de los dos íbamos a olvidar.
Llevaba treinta años repitiendo la misma vida, hasta que encontró aquellos pañuelos sobre la mesilla y algo dormido en su interior empezó a despertar.
Llevábamos meses jugando a que la miraran sin que ella lo supiera. Esa noche, con dos amigos en el sofá, descubrí que era ella quien controlaba el juego desde el principio.
Las dos toallas en el colgador me avisaron de que no estaba solo. Lo inteligente era marcharme. En lugar de eso, me quedé pegado al cristal.
Subí por las escaleras eléctricas sabiendo que medio centro comercial me veía por debajo de la falda. Y esa noche todavía no había hecho lo más atrevido.
El móvil sonó a las seis con tres besos de su amigo, y Amparo supo, antes de contestar, que esa llamada no terminaría como las otras entre ellos.
Pensé que era una noche más de estudio hasta que ella giró la cabeza, me miró fijamente y dijo aquella frase que lo cambió todo entre nosotros.