Lo que pasó en el sofá antes del segundo asalto
Nos desnudamos antes de llegar al dormitorio y nos besamos como si las bocas estuvieran en guerra. Esa noche el sofá fue suficiente, y aún quedaba el segundo asalto.
Nos desnudamos antes de llegar al dormitorio y nos besamos como si las bocas estuvieran en guerra. Esa noche el sofá fue suficiente, y aún quedaba el segundo asalto.
Llegó sin avisar, con esa sonrisa de quien siempre consigue lo que quiere, y en una sola semana puso patas arriba la vida de mi madre, la mía y la del barrio entero.
Tenía veintidós años y un trabajo final que valía el curso entero. Lo que no figuraba en ningún plan era la oferta que aquel señor me haría camino a casa.
Llevaba años con ganas de ir a una playa nudista, pero ninguna de mis parejas quiso acompañarme. Aquella mañana decidí ir solo, sin imaginar cómo terminaría.
A los treinta y nueve, pensé que ya nada me sorprendía. Entonces abrí esa página, apareció él al otro lado de la pantalla y descubrí cuánto me gustaba que me miraran.
Bajé a tomar un café con la del quinto y volví con la boca abierta: me contó, con pelos y señales, lo que hizo con el hombre casado del octavo piso.
Se desabrochó el top del bikini con la naturalidad de quien ya ha decidido todo. «Tú me invitaste a sentirme libre», dijo. Y yo apenas podía respirar.
La conocí en el avión de regreso y, dos días después, ya dormía en mi cama jurando que no era lesbiana mientras su mano buscaba la mía bajo las sábanas.
Cuando cerré la puerta con llave, él se dio vuelta y me reprochó el beso que le había dado a otro hombre. No supe si era rabia o deseo lo que le ardía en los ojos.
Hay algo que nunca le dije a nadie: mi lugar favorito del mundo no es ningún viaje ni ninguna cama de hotel. Es exactamente entre sus piernas, sin prisa.
Abrí la puerta sin sostén, con la camiseta marcándome los pezones, y me encontré con la única persona que mi novia me había jurado que jamás volvería.
Llevaba años apagada hasta que una tarde, sola en casa, entendí que mi cuerpo seguía vivo, hambriento, y que ya nadie iba a despertarlo por mí.
—Aquí mando yo —dijo ella. Y el gran arquitecto, que se pasaba el día dando órdenes, descubrió que obedecer a la mujer de la limpieza lo excitaba más que ninguna conquista.
Esa mañana ella me robó la máquina de un salto y se rió de mi cara. Por la noche, con un trozo de roscón de por medio, descubrí que no pensaba dejarme tranquilo.
Cada noche inventaba una excusa nueva por teléfono mientras él la esperaba en el cuarto de arriba. Sabía que tarde o temprano todo iba a estallar.
Todos la odiaban antes de que volviera al barrio. Yo solo dibujaba sus tatuajes desde mi lado del muro, hasta que ella decidió cobrarme por ser su musa.
Tenía curiosidad y algo de miedo, pero cuando me arrodillé frente a él entendí que no iba a echarme atrás. Esa tarde aprendí algo nuevo sobre mí.
Llevaba semanas viéndola en el semáforo, con ese short de mezclilla y esa sonrisa cansada. Esa tarde me atreví a hablarle, sin imaginar hasta dónde llegaríamos los dos.
Me dijo que estaba casada y que su marido trabajaba lejos. Esa noche aprendí que una mujer experimentada sabe exactamente lo que quiere y cómo conseguirlo.
Salí de casa con un vestido normal, pero debajo llevaba algo que solo él vería. Sabía lo que iba a pedirme, y yo ya había decidido decir que sí.