Veinte años congelado y ella me esperaba despierta
Llevaba veinte años durmiendo entre las estrellas. La primera mujer que me sonrió en tierra firme me arrastró a un baño sin que yo pudiera decir que no.
Llevaba veinte años durmiendo entre las estrellas. La primera mujer que me sonrió en tierra firme me arrastró a un baño sin que yo pudiera decir que no.
La sala estaba casi vacía cuando su mano se posó en el reposabrazos. Yo tenía cuarenta y dos años y creía saberlo todo sobre el deseo. Esa noche aprendí que no.
Cuando me descubrió con la respiración agitada y la mirada perdida en sus piernas, Marisa no se escandalizó: sonrió, se acercó a mi oído y me dijo que aquello no iba a quedar así.
Cada mañana observaba a la gente desde su mesa del café, sin imaginar que un hombre de traje la estudiaba a ella, ni el trato silencioso que iba a proponerle.
Le dije que no se me ocurría nada para escribir. Se levantó de mi regazo, dejó caer la ropa al suelo y me ordenó con una sonrisa: «Descríbeme».
Él hablaba de ella con un orgullo extraño, como quien enseña algo que quiere que le envidien. Tardé media tarde en entender qué buscaba realmente ese hombre.
La cité a las diez y media de la mañana, pero recién apareció a las dos de la tarde. Para entonces yo ya había pensado exactamente dónde y cómo iba a tenerla.
Le prometí a Marcos que cuidaría de su madre mientras él estaba lejos. Lo que no le conté fue lo que pasó la tarde que ella se ofreció a cocinar en mi casa.
Entré en tercera fila con un café frío y mi escepticismo doblado en la libreta. No sabía que cada frase de ella iba a reescribir quién era yo, hasta el último botón.
Cuando bajó del furgón con esa sonrisa, supe que el calentador averiado sería la mejor excusa que el destino me había regalado en años.
Bajé al baño a medianoche y la puerta entreabierta me reveló algo que jamás imaginé: mi madre, a la que creía dormida, no estaba sola en la ducha.
Bajo la antorcha repaso mis bocetos y siento el cuerpo arder por ella. El contrato termina y ya sé una cosa: no me voy de esta selva sin Yuma a mi lado.
Le dije que ninguna mujer se abría de piernas para él tan fácil. Él solo sonrió y respondió: «Ya lo veremos». No sabía lo que escondía detrás de esa puerta.
Mis padres se fueron de vacaciones y me dejaron a cargo de una asistenta colombiana. Yo tenía veinticuatro años; ella, el doble. La primera noche que volví solo, todo cambió.
Cuando volví a casa de mi hija temblando todavía, supe que los días que me quedaban a solas con su marido iban a cambiarlo todo.
Volví de la segunda cita con el corazón acelerado, y lo que menos imaginaba era que mi propio esposo, esa noche, me pediría que se lo contara todo.
Antes de la alianza en el dedo hubo una década entera de tardes a oscuras y faldas que caían al suelo. Estas son las mujeres que nunca pude olvidar.
Crucé media ciudad creyendo que íbamos a comer algo. Cuando abrí el ropero de la habitación diez, ella salió con una torta encendida y una sonrisa que no era inocente.
Todos apuraban el paso frente a su quiosco para no oír sus groserías. Una tarde de verano, Dalia se detuvo a comprar un helado y ya no supo cómo volver a casa.
Llevaba meses sonriéndole al darle el cambio, hasta que una mañana deslizó su teléfono en mi mano y supe, sin dudarlo, que iba a llamarlo.