Dejé que me tocaran entre las mesas del bar
La primera mano en mi culo me asustó. La segunda la estuve esperando toda la noche, agachándome más de la cuenta para que volviera a pasar.
La primera mano en mi culo me asustó. La segunda la estuve esperando toda la noche, agachándome más de la cuenta para que volviera a pasar.
Tres citas en una semana para olvidarla, y entonces ella entró en el mismo restaurante, con su marido de cebo y un plan que yo todavía no entendía.
Mientras la aguja caía sobre el vinilo, ella se reclinó en el sofá y susurró que era completamente suya. Lo que pasó esa tarde duró mucho más que la música.
Me puse el vestido más corto que tenía, sin sujetador, y entré en su cuarto con una excusa tonta. Solo quería comprobar si aún podía poner nervioso a un hombre.
Hacía años que ningún hombre me miraba como él desde el balcón de al lado, y esa tarde descubrí que yo tampoco quería dejar de ser mirada.
Llevaba meses escribiéndome. Esa noche por fin lo tenía enfrente, y entonces apareció el chico que me cruzaba en el tren cada tarde.
Tenía dos opciones: frenar todo y alejarla de él, o darle vía libre para que se quedara con lo que yo más quería. Elegí la peor de las dos.
Mi madre creía que yo seguía en clase. No sabía que la puerta del armario estaba entreabierta y que esa tarde lo vi todo desde dentro de su cuarto.
Él me había salvado el curso sin pedir nada a cambio. Esa tarde decidí que las gracias se las daría de una forma que ninguno de los dos olvidaría jamás.
Le dije que me hiciera lo que quisiera y lo dije en serio. Lo que vino después en aquel sofá todavía me enciende cada vez que lo recuerdo.
Eran las ocho y media de la noche, faltaba media hora para la llamada del cliente, y yo ya sabía exactamente cómo quería que pasáramos esa espera.
Sonia me esperaba en la puerta del restaurante con un vestido tan corto que cada vez que respiraba contaba un secreto. Y yo había ido dispuesta a contar el mío.
Quedaban dos candidatas para el puesto, pero Renata sabía exactamente cómo desempatar antes de que el director dijera una sola palabra.
Yo solo quería ver hasta dónde llegaba mi mujer con esos dos chicos. Me encendí un cigarro y me quedé quieto, mirando cómo empezaba el juego.
Entré a comprar un refresco y salí siendo otra mujer. Marcos me esperaba detrás del mostrador, y esa noche aprendí lo que era no tener pudor.
Llevaba meses convirtiéndome en otra persona frente al espejo. Esa noche, en la cama de un desconocido, descubrí hasta dónde podía llegar mi nueva piel.
«Hoy quiero que nos masturbemos mientras nos miramos», me dijo dentro del coche. No esperaba eso, pero la idea de mirarla sin tocarla me encendió de golpe.
Nunca había dejado que nadie lo mirara así, con la falda de cuero ciñéndole los muslos y el corazón a punto de salírsele del pecho.
Creí que pagaría mi descuido con dinero. Él solo quería que le contara, con todo detalle, lo que jamás me había atrevido a confesarle a nadie.
Llevaba años escribiendo orgasmos para desconocidos sin rostro. Aquella madrugada, por primera vez, alguien al otro lado de la pantalla quiso saber cómo se llamaba de verdad.