Bailé para los dos y ya no pude parar
Solo bajé al jardín a fumar en camisola y me crucé con dos amigos de mi pareja. Media hora después estaba desnuda encima de una mesa, con los ojos abiertos de par en par.
Solo bajé al jardín a fumar en camisola y me crucé con dos amigos de mi pareja. Media hora después estaba desnuda encima de una mesa, con los ojos abiertos de par en par.
La agarré por atrás en la cocina, la senté en la mesada y todavía no sabía que una desconocida había entrado esa mañana a mi oficina a decir su nombre.
Ella creía estar sola en su cala privada. Yo, escondido tras las dunas, aprendí de memoria cada curva de su cuerpo antes de que las olas la vistieran de nuevo.
Entré del baño y las encontré besándose en el sofá; segundos después, una de ellas me miró y me pidió que le comiera el coño.
Le mandé el audio a las tres de la mañana: mañana volvemos y esta vez sin freno. Ella respondió con una lista de lo que quería que él nos hiciera.
Todas creían que sus trances venían del cielo. Solo el padre Rodrigo conocía el precio que ella estaba dispuesta a pagar para llegar a los altares.
Nunca imaginé que me excitaría tanto caminar por la calle sin nada debajo del vestido, sabiendo que un desconocido guardaba mi ropa interior entre las manos.
Me presenté sin avisar, vestida para provocar. Lo que no imaginaba era que el hermano de mi novio aprovecharía cada segundo que pasamos a solas.
Llevaba meses saludándome con amabilidad, pero esa mañana de calor descubrí en el reflejo de la nevera que no me miraba a los ojos.
Lo conocía desde que cuidaba mi jardín: callado, correcto, siempre con un «señora» en la boca. Aquella tarde de abril entró a beber agua y todo cambió.
Me dijo que me recogería a las cinco y que no preguntara nada. Lo que no imaginaba era lo que tendría que llevar escondido mientras paseábamos entre la gente.
Bajé del avión buscando silencio y calas vírgenes; en recepción me dijeron que solo quedaba una suite, con una cama enorme, y que tendría que compartirla con él.
Me metí en el armario para vigilarla, convencida de que la protegía. No imaginé que la que iba a perder el control esa semana sería yo.
Eran las tres de la madrugada y yo no podía dejar de mirarte dormir. Quería tocarte, pero sabía que te dolía. Así que se me ocurrió otra cosa.
Llegué a la fiesta dispuesta a portarme mal. No imaginé que el hermano mayor de mi amante me estaba esperando, ni que él sabía exactamente lo que yo escondía.
Bastó verle aparecer al sol, con la piel reluciente, para que supiera que el hombre del bungalow de al lado no me iba a dejar dormir tranquila esas noches.
Nunca había sentido que alguien me mirara así desde una carroza, como si entre toda la gente me hubiera elegido solo a mí para la noche más larga del año.
La reserva prometía un masaje inolvidable. Lo que no decía el anuncio era que aquella tarde yo iba a descubrir un deseo que jamás me había atrevido a nombrar.
La veía moverse en las clases de yoga con una elegancia que me desarmaba. Jamás imaginé que un cruce casual en el andén terminaría en su dormitorio.
Él esperaba una señora voluptuosa y experimentada; recibió a una esposa menuda y callada. Esa noche, ella decidió demostrarle cuánto la había juzgado mal.