Acabé de rodillas en una pool party con un desconocido
Habíamos saltado la verja de una finca vacía. Él me marcaba el ritmo con la mano en mi nuca y yo me dejé llevar sin pensar en nada más.
Habíamos saltado la verja de una finca vacía. Él me marcaba el ritmo con la mano en mi nuca y yo me dejé llevar sin pensar en nada más.
Lo había mirado durante días desde la terraza, fingiendo que no lo hacía. Esa tarde de calor decidí dejar de fingir y bajé con un vaso de limonada en la mano.
Eran las seis de la mañana, yo seguía con el vestido de novia y mi marido roncaba inconsciente arriba. El camarero aún no se había ido, y yo ya no pensaba en dormir.
Madrugo para tener el gimnasio para mí sola. Pero desde hace tres semanas hay un motivo mucho mejor para llegar antes que nadie: él, y esa sonrisa de escándalo.
A mis cuarenta y nueve creía haberlo visto todo, hasta que aquel desconocido empapado se quitó la camiseta en mi patio y supe que la tarde no terminaría con la jardinería.
Tenía veintisiete años, una novia y una vida ordenada. Entonces aquel vecino lo miró en el autobús como si supiera algo que Tobías aún no se atrevía a nombrar.
Llegué a su casa una hora antes de la cena y la encontré desnuda frente al espejo, dudando entre dos vestidos y a punto de cambiarlo todo.
Me pidió que sostuviera unas herramientas en cuclillas. Yo sabía perfectamente lo que estaba haciendo, y aun así no me levanté.
Apagué el motor en el rincón más oscuro del área de servicio, me retoqué los labios en el retrovisor y supe que aquella noche no iba a marcharme sola.
Me pilló mirándola mientras ojeaba un Cortázar. Sostuvo la mirada tres segundos, sonrió de lado y supe que esa tarde en la librería no iba a terminar entre libros.
A oscuras, a unos metros de mi portal, su polla brillaba bajo la única farola de la calle. Y yo ya sabía que iba a volver a bajar la cabeza.
No me importó que me llevara treinta años. Con el vaivén de la carretera, su mano encontró mi cadera en la oscuridad y dejé de fingir que aquello no me gustaba.
Llegué tarde a la cena, pero no por tráfico. Fue por el desvío que hicimos hasta aquel descampado a cincuenta metros del restaurante.
—¿Querés que lo probemos antes de que decidas? —dijo él, y Mariana entendió que esa tarde ninguno de los dos hablaría solo del proyector.
Cuando notó la brisa erizarle la piel, supo que esa noche de luna llena no terminaría en la orilla del mar. Y no quería que terminara.
Me puse el bikini más pequeño que tenía y bajé al jardín solo para ver su cara. Sabía exactamente lo que estaba haciendo, y no pensaba detenerme.
Cada mañana lo espiaba por la ventana sin admitirlo. Esa tarde de lluvia tocó mi puerta empapado, y supe que ya no habría manera de seguir fingiendo que no pasaba nada.
Bajé a la cocina a preparar un café y sentí su mirada clavada en mi espalda. Sabía lo que iba a pasar, y por primera vez en meses no quería detenerlo.
Las paredes del apartamento eran de papel, y la mejor amiga de mi novia dormía pared con pared. Esa primera mañana fingimos no recordar que estaba ahí.
Salí del agua temblando de frío y la vi acomodándose el bikini al sol. Ninguno de los dos sabía que esa mañana lo cambiaría todo entre nosotros.