Volví a encontrar al amante de mi comadre
Hacía cinco años que no lo veía. Bastó que gritara mi nombre entre los aparadores para que el cosquilleo de aquella tarde regresara intacto.
Hacía cinco años que no lo veía. Bastó que gritara mi nombre entre los aparadores para que el cosquilleo de aquella tarde regresara intacto.
Tenía veinticuatro años y creía saber lo que me gustaba, hasta que aquel hombre maduro me miró desde el otro lado de la cocina y todo se vino abajo.
Tenía treinta y cuatro años, dos rupturas a la espalda y la certeza de que, si no me iba, terminaría apagándome en una oficina. Así que me fui.
La retuve de la mano un segundo más de lo debido al saludarla. Ella sonrió, se mordió el labio, y supe que esa cena de despedida iba a terminar de otra manera.
Sabía a lo que íbamos antes de subir al coche, pero me dejé llevar igual. Aquel chalet apartado, la piscina vacía y dos hombres que no me quitaban los ojos de encima.
Me inventé un trabajo de la universidad para tener a un futbolista a solas, en pantalón corto, y comprobar si sus piernas eran tan increíbles de cerca como en la tele.
Quince años atrás compartíamos algo más que turnos y fotocopias. Cuando me tomó del brazo a la salida, supe que la noche no terminaría en la puerta del salón.
Tenía sesenta y dos años, una sonrisa descarada y dos cervezas en la nevera. Yo solo había ido a ordenarle los canales de la tele.
Cuando subía a tender la ropa no siempre tendía la ropa. Empezó con una mano en la cintura en la azotea, y terminó con las llaves en tu buzón y esta carta sobre la mesa.
Me fascina mirar y que me miren. Esa noche en la arena, con Ingrid desnudándose frente a mí bajo la luna, lo entendí del todo por primera vez.
La conocí en la barra del hotel: elegante, pelo corto y rubio, con una sonrisa que ya tenía decidido lo que pasaría conmigo. No imaginé por qué me había elegido.
Era alto, gracioso y no era para nada mi tipo. Pero esa madrugada me subí a su carro sabiendo que iba directo a meterme en problemas, y no me arrepentí.
Frente al espejo, con el encaje rojo ciñéndome la cintura, supe que esa noche dejaría de esconderme. Solo faltaba que él abriera la puerta y me viera de verdad.
Me quedé pegada a la pared del pasillo, conteniendo la respiración. Al otro lado de la puerta, las dos voces que menos esperaba escuchar juntas se buscaban en la penumbra.
Tenía tres meses sin escribir una sola línea decente. Lo que no imaginé es que mi bloqueo se curaría por el lado más inesperado de mi propio cuerpo.
Me lo crucé paseando al perro a medianoche, achispada por las cervezas, y le solté lo que llevaba semanas callándome: estoy sola, sube cuando quieras.
Nunca fue el chico que más me gustó. Lo que me gustaba era ponerlo nervioso, verlo perder el control delante de mí mientras pensaba en ella.
Era virgen, estaba deprimido y solo quería que alguien le creyera. Acepté verlo en la última fila de un cine a oscuras, y lo que pasó allí todavía me da morbo.
Mi jefa me había encendido durante todo el vuelo. Cuando me levanté al baño, no esperaba que alguien más entrara detrás de mí.
En la puerta solo había un antifaz y una nota: «Póntelo y llama». Podía salir corriendo, pero a sus años estaba cansada de no atreverse a nada.