Los muchachos del barrio y mi secreto de los gatos
Me decían la solterona de los gatos, pero nadie del barrio imaginaba lo que pasaba en mi casa cada mañana, cada tarde y cada noche desde aquel martes de verano.
Relatos de encuentros grupales y placeres compartidos
Me decían la solterona de los gatos, pero nadie del barrio imaginaba lo que pasaba en mi casa cada mañana, cada tarde y cada noche desde aquel martes de verano.
Cuando el entrenador le pidió que observara a los muchachos, ella aceptó con una sonrisa. Nadie sospechó que la mujer del traje azul ya había elegido a sus dos favoritos.
Lo deseábamos los dos desde la primera clase, pero nunca imaginamos que sería él quien nos pediría que eligiéramos entre olvidarlo o mudarnos a su casa.
Cuatro meses solo en la montaña le habían dejado un hambre que ningún whisky calmaba. Esa noche, tras la cortina roja de la posada, tres muchachos sabían exactamente cómo recibirlo.
Iván y Nico cruzaron la puerta como si el ático ya fuera suyo, y antes de saludar siquiera ya nos habían empujado contra la pared del salón.
Damián salvó a media ciudad y se llevó al novato a su suite para celebrarlo. Tomás lo admiraba como a un ídolo, hasta que esa noche descubrió quién mandaba de verdad.
Cuatro meses después, volvimos al mismo vestuario buscando repetir aquella tarde. No contábamos con que un tercero, joven y descarado, nos estuviera observando desde el otro extremo.
Me gusta que me miren, que me deseen, que se les vaya la vista cuando me doy vuelta. Y a lo largo de los años aprendí a hacer de eso un arte.
Le ofreció una copa con una sonrisa traviesa y un guiño, y en ese instante el profesor supo que la distancia entre ellos dos estaba a punto de desaparecer.
Tenía 24 años, una novia dulce y una duda que llevaba años callando. La mano de él en mi hombro, esa noche en el bar, terminó por responderla.
Tenía una semana para decidir si lo dejaba todo atrás. Esa noche, cuatro hombres se propusieron que olvidara la decisión, aunque fuera solo por unas horas.
Matías abrió descalzo, con esa media sonrisa que no escondía nada. Detrás de Andrés, Esteban ya respiraba en su nuca. Los tres sabían para qué habían venido.
Bajó del estrado temblando de rabia. No quería estar solo: cruzó el pasillo del apartamento y empujó la puerta de la suite donde sus dos hombres ya lo esperaban despiertos.
Pensé que lo más difícil del regreso sería la pancarta de la entrada del pueblo. Me equivoqué: lo difícil fue la mesa, cuando empezamos a decir la verdad.
Eneko se rompió esa noche, así que Unai hizo lo único que sabía calmarlo: lo llevó a la cama donde Mikel y Asier ya esperaban despiertos.
Cuando el oficiante preguntó si alguien tenía algo que decir, el novio levantó la mano. No para aceptar, sino para confesar lo que llevaba meses callando.
Llegué a esa fiesta en bañador creyendo que sería un día más con mi novio. No imaginaba que acabaría de rodillas, mostrándole a otro lo que se estaba perdiendo.
Bajó las escaleras de aquella consulta sabiendo que no saldría siendo la misma mujer: tres pares de manos la esperaban para recordarle lo que de verdad era.
Contamos hasta tres y nos quitamos el bañador delante de todos. Lo que no sabía era que ella había guardado una llave en su collar para el resto del día.
La puerta se abrió y entendí que esa noche yo no decidía nada. Ella esperaba atada al cabecero; él, de pie en la penumbra, solo me miró y asintió.