Lo que entró en la fiesta esa noche no era humano
Entró sin invitación, con una sonrisa que prometía placer y escondía hambre. Esa noche, cada cuerpo que tocó dejó de ser suyo para siempre.
Relatos de encuentros grupales y placeres compartidos
Entró sin invitación, con una sonrisa que prometía placer y escondía hambre. Esa noche, cada cuerpo que tocó dejó de ser suyo para siempre.
Tomás me regaló un masaje, pero no me contó que él aprendería a darlo junto a la masajista. Lo que pasó en esa sala superó cualquier cosa que hubiéramos fantaseado.
Una mano desconocida me rozó la cintura justo antes de salir del bar. Bastó una pregunta al oído para que olvidara a mis amigas y siguiera a esa pareja hasta su casa.
Estaba embarazada, sola y caliente como nunca; cuando aquellos dos hombres se ofrecieron a acompañarme a casa, ya sabía lo que iba a dejar que ocurriera entre los tres.
Tenía veintitantos, una esposa flaca que nadaba abajo y unos ojos hambrientos que me suplicaban sin saberlo. Esa tarde le enseñé quién manda.
Podían haber pedido un taxi y volver a casa. En lugar de eso, Raquel se ajustó la camiseta del taller y esperó, descalza, a que el dueño volviera a reclamarlas.
Tenía las pruebas de todo sobre el escritorio. Podía hundirme con una sola llamada. En lugar de eso, cerró la puerta con llave y me ordenó que me arrodillara.
Llevaba toda la noche insatisfecha cuando sonó el teléfono. Era él, y lo que propuso me hizo decir que sí antes de terminar mi café.
Tenía ocho meses de panza, las hormonas a mil y un hombre sudado trabajando en el cuarto del bebé. Esa tarde dejé de ser la esposa recatada que todos creían.
Bruno me había prometido una revancha y yo había prometido volver. Lo que no imaginé fue cómo terminaría esa segunda noche entre los seis.
Siempre creímos que nadie nos veía. Esa mentira que nos contábamos fue el principio de todo lo que vino después, noche tras noche.
Llevaba semanas entrenando con los plugs, decidida a sentir las dos pollas a la vez. Esa tarde invitamos a la única persona en quien podíamos confiar para conseguirlo.
Llegamos agotadas y nos dormimos abrazadas en ropa interior. Tres días después, el dueño del departamento entró con el desayuno y una mirada que lo cambió todo.
Crucé el complejo para llevar un mensaje y terminé rodeada de cuatro hombres mayores que me miraban como si yo fuera el plato principal de la tarde.
Jamás me involucro con clientes, le dije. Pero su cuerpo ya estaba pegado al mío y mi propia voz me sonó a mentira mientras cerraba el portón del garaje.
Devolví las llaves del piso y, sin planearlo, esa semana terminó con la confesión que nunca pensé contarle a nadie: dos hombres, una amiga y una sola noche.
El zumbido del aire acondicionado era la banda sonora de su jaula dorada. Esa noche, una llanta reventada la dejó frente a tres desconocidos y al borde de lo que jamás se permitió desear.
Éramos cinco amigos y un pueblo junto al mar. Lo que empezó como una broma entre risas y cervezas se convirtió en el fin de semana que lo cambió todo entre nosotros.
Creí que dormía la noche que traje a esos dos hombres. Me equivoqué: nos vio. Y semanas después entró al baño, se sentó frente a mí y exigió saberlo todo.
Tardé dos semanas en admitir que quería que volviera a pasar. Y una madrugada, en vez de huir, me senté en aquella escalera y los esperé.