Perdió la apuesta y ella lo volvió su sumiso
Bastó una sonrisa y un par de tacos de billar para que ella le diera vuelta el mundo. Ahora lleva delantal de encaje y espera, temblando, a que suene el timbre.
Bastó una sonrisa y un par de tacos de billar para que ella le diera vuelta el mundo. Ahora lleva delantal de encaje y espera, temblando, a que suene el timbre.
Cuando nos hizo subir al estrado y empezaron las apuestas sobre qué llevábamos debajo del vestido, supe que la fiesta de lujo había dejado de ser normal.
Cuando levanté la mirada y la vi a ella barriendo el salón, supe que mi prima era la única que podía salvarme. No imaginé hasta dónde llegaríamos esa tarde.
Treinta y dos grados, el niño dormido y una sola baraja entre los dos. Cuando ella preguntó qué quería apostar, él respondió con lo único que llevaba toda la semana sin atreverse a decir.
Bastó una carta más baja que la suya para que aquella jaula rosa pasara de ser una broma a convertirse en mi nueva realidad durante dos meses enteros.
Gané la mano y, por primera vez, los tuve a los dos a mi merced. Mi marido y nuestro invitado, esperando mi orden. Y yo ya sabía qué iba a pedirles.
A las cuatro de la madrugada, mientras me hacía el amor, mi marido susurró el nombre de mi compañero de trabajo. Y yo, en la oscuridad, sonreí.
Seis meses cuidando cada prenda que ella tendía conmigo, sin decir nada. Hasta que entendí que aquellos encajes eran un mensaje que llevaba semanas sin atreverse a decir.
Maximiliano me señaló el tubo plateado con un gesto y entendí que no había vuelta atrás: esa noche todo el club iba a mirarme bailar para mi novio.
Llevaba toda la noche mirándome el culo desde la barra. Cuando me propuso la apuesta, supe que iba a perderla a propósito.
Carla nunca había hecho topless delante de mí. Esa tarde no solo se quitó la parte de arriba: dos desconocidas se acercaron y nada volvió a ser igual.
No llevábamos ropa seca, la lluvia no paraba y entonces aparecieron ellos dos. Lo que vino después ninguno de los cuatro lo olvidaría jamás.
Alquilamos una casa perdida en la montaña para pasar las fiestas. La nieve nos dejó incomunicados, y esa misma noche un juego de cartas terminó con todos desnudos frente a la chimenea.
Empezamos jugando blackjack con apuestas inocentes. Cuando nos metimos al mar en topless, lo único que quería era saber a qué sabían sus labios bajo el agua.
Renata había cortado con su hijo, pero seguía apareciendo por la casa. Y aquella tarde de calor, con la piscina y un bikini prestado, Tomás supo que no podría mirar hacia otro lado.
Creí que mis dos amigos me esperaban en mi cuarto para cobrarse la apuesta. Al salir del baño, en mi cama había alguien que no esperaba ver desnudo otra vez.
Prométeme que no te vas a rajar, dijo con esa sonrisa ladeada. Y acepté, sin saber que el juego de esa noche iba a borrar la línea entre amistad y deseo.
Cuando su novio se fue a dormir temprano por el fútbol, ella se quedó conmigo. Solo quería seguir la fiesta, hasta que sacamos la baraja.
No eran ni las siete y el calor ya apretaba. Solo él sabía cómo reconocerme: yo era la única con mallas azules corriendo por el sendero.
«Aquí podemos hacer lo que queramos. Nadie nos conoce, nadie nos juzga.» Lo dijo con una copa en la mano, y supe que el verano iba a cambiarlo todo.