La apuesta que perdí contra mi mejor amiga
Pensé que aguantar diez golpes sería fácil. No conté con que ella disfrutaría cada uno, ni con lo mucho que yo terminaría disfrutándolos también.
Pensé que aguantar diez golpes sería fácil. No conté con que ella disfrutaría cada uno, ni con lo mucho que yo terminaría disfrutándolos también.
Pensé que pagaría la apuesta con un beso o una broma. En cambio, mi amigo me retó a presentarme como dama de compañía en la despedida de su mejor amigo.
En la cafetería se lanzaron un desafío entre risas: cada una elegiría a un hombre esa misma tarde. Ninguna imaginó que la apuesta acabaría en la misma cama.
Cuando salió al garaje vestida así, supe que perdería la apuesta. Lo que no imaginé fue hasta dónde llegaría aquel verano con ella y con su madre.
Cuando Lucía y yo llegamos a esa casa, lo que vimos en el salón nos dejó sin aire. Supe que la noche apenas empezaba y que ninguno quería marcharse.
Si aguantábamos cinco minutos, ellas competirían después. Lo que empezó como una broma entre amigos nos terminó dejando a los cuatro desnudos en la misma cama.
Las reglas eran simples: el ganador quedaba atado, el perdedor servía y, al final, las dos parejas medirían quién mandaba de verdad. Nadie pensaba rendirse.
Llevaba tres botes de áloe vera encima y ni un centímetro de piel sin quemar cuando el novio de mi compañera entró con sus llaves y me encontró desnuda en el sofá.
Acepté la apuesta entre risas y vino. Veinte minutos después, él sacaba del cajón un delantal de raso y unos guantes, y yo dejaba de ser la dueña de casa.
Cuando Diego frenó frente a las luces de neón, supe que aquella apuesta entre risas y kalimotxo iba a convertirse en la noche que mi mujer y yo llevábamos meses imaginando en secreto.
Nunca contesto el teléfono a las tres de la madrugada, pero esa noche supe que era él, y lo que tenía que confesarme sobre mi mujer y el viejo del cuarto no podía esperar al amanecer.
Empezó con una amenaza por un rumor falso. Terminó con su marido de rodillas en la arena, suplicándome que cumpliera el deseo que nunca se atrevió a confesar.
Llevaba semanas escuchando a mis amigas decir que tenía que soltarme. Ese sábado, después del segundo vino, decidí que sería yo quien marcara el ritmo.
Acababa de cumplir veintidós y nunca había estado con nadie. Iván tenía tres años menos, pero bastó una apuesta tonta para que entendiera quién mandaba.
Me retó a nadar un último sprint con una condición que ninguno de los dos pensaba cumplir. Pero esa noche la piscina estaba vacía y nadie nos miraba.
Le aposté que si le ganaba en la cancha esa tarde me lo cobraría con él. Se rió. No sabía que yo llevaba años esperando ese momento.
Medio millón de euros por pasar cinco días en el Caribe con un desconocido. Bruno no era gay, pero las deudas no entienden de etiquetas y el avión privado ya lo esperaba.
Diez minutos de pausa, un videojuego de fútbol y una apuesta absurda bastaron para que todo lo que Bruno creía saber de su amigo se viniera abajo en una tarde.
Cuando me tocó el último reto de la noche, supe que podía decir que no. Lo que nadie esperaba era que dijera que sí con esa sonrisa en los labios.
Convencido de que una criatura le había robado la fortuna, Damián la ató a la pata de su mesa. Lo que no esperaba era que ella le ofreciera saldar la deuda con su cuerpo.