Mi enemiga me enseñó a disparar y a desearla
Me ataron desnuda sobre una mesa y me retaron a una prueba de tiro imposible. No sabía que mi salvación llegaría de la mano de la cazadora más fría del campamento.
Me ataron desnuda sobre una mesa y me retaron a una prueba de tiro imposible. No sabía que mi salvación llegaría de la mano de la cazadora más fría del campamento.
Dos hombres entran a la vitrina creyéndose intocables. Solo uno saldrá como llegó; al otro, el público ya decidió convertirlo en algo dulce, obediente y para siempre distinto.
Cuando se inclinó sobre mi escritorio para mostrarme el archivo, su falda subió dos dedos. Yo ya no podía disimular nada. Ella tampoco quería que lo hiciera.
Cuando el árbitro pitó el final del partido supe que no había vuelta atrás: tendría que cumplir la apuesta delante de mi amiga, en plena barra del bar.
Bajé al bar a olvidar lo que vi, y me desperté desnudo en la cama de la chica que más me había despreciado en clase. Esa misma mañana iba a recibir tres millones.
Cuando salí de la piscina sin calzoncillos, mi pareja sonrió como si lo tuviera todo previsto. La verdad es que la noche apenas empezaba y ninguno sabía hasta dónde llegaríamos.
Lanzamos la moneda como tantas otras veces, pero esa tarde, con ellos espiándonos desde la cresta de la duna, cada cara o cruz subía la apuesta un poco más.
Cuando me bajé del coche con la blusa pegada al cuerpo y la tanga marcada en el pantalón, no esperaba que la mirada de aquel hombre se quedara clavada en mí durante toda la entrevista.
Subí a buscarlo y encontré la puerta de mi cuarto entornada. Por la rendija escuché la respiración de Camila y entendí que él no había vuelto al partido por nada.
Marina llevaba meses siendo invisible para su marido. Su sobrino la miraba de la única manera que ella necesitaba que la miraran. Aquella noche, las cartas tomaron una decisión.
Le juré que mi novia nunca caería en su trampa. Esa tarde, escondido en el vestidor de su departamento, descubrí hasta dónde podía equivocarme.
Eran amigos de años. Todos con pareja, todos celosos, convencidos de que esa noche era una cena más. Entonces Daniela sacó la baraja.
Apostamos bajo la cobija a ver si adivinaba qué ropa interior llevaba. No imaginé que esa apuesta terminaría con su peso sobre mí en la habitación del hotel.
Una apuesta, alcohol y años de amistad. Esa noche, Adrián y Marcos descubrieron que algunos límites no están donde uno cree.
Era una broma, una apuesta tonta entre amigos. Pero cuando Brasil ganó por diez puntos, supe que mi boca tendría que cumplir lo prometido.