La confesión de Mariela tras su viaje a la capital
Empacó ropa recatada y un cuerpo cansado de esperar. Lo que encontró en casa de su amiga la cambió para siempre, aunque jamás se atrevió a contarlo.
Empacó ropa recatada y un cuerpo cansado de esperar. Lo que encontró en casa de su amiga la cambió para siempre, aunque jamás se atrevió a contarlo.
Rubén se reía del cuerpo de la rubia en la pantalla, seguro de que no duraría ni un minuto. No sabía que el que iba a terminar en el suelo era él.
Adrián solo quería llegar a casa después de clase. Dos desconocidos en un callejón decidieron que esa noche se convertiría en el juguete humillado de todo el barrio.
El vaivén del autobús nos pegó tanto que su mano quedó justo donde no debía, y ninguno de los dos hizo nada por evitarlo.
Solo quería engatusarlo para que me subiera la nota, jugar a la carterista que distrae para robar. Nunca imaginé hasta dónde iba a llevarme mi propio farol.
No habían pasado ni cinco minutos de película cuando su mano ya buscaba debajo de mi short, y yo, en lugar de apartarla, recé para que nadie en la sala volteara a mirarnos.
Conocía las reglas: una hora, sin límites pactados, cuatro contra mí. Lo que no sabía es cuánto me iba a gustar perder el control entre sus manos.
Cuando me cambiaron el collar rojo por el verde, supe que ya no había nadie que impidiera a esos colmillos hundirse en lo más sensible de mi cuerpo.
Escupió a la hechicera mientras dos esclavos lo sujetaban. Ella sonrió, lamió el desprecio de su mejilla y prometió convertirlo en su próxima obra maestra.
Se colocó con las piernas abiertas y las manos a la espalda, temblando. Llevaba meses soñando con ese instante, y ella todavía ni siquiera lo había mirado.
Antes de recibir al concilio tiró de la correa, y su mascota emergió temblando desde debajo de la mesa, con la mirada perdida en pura adoración.
Llevaba toda la noche esperándola, atado a la cama de aquella casa, sabiendo que el domingo ella regresaría a terminar lo que habíamos empezado.
Entré al cuarto disfrazada de mimo, con una gabardina sobre la lencería y la certeza de que esa noche iba a hacer algo de lo que nunca me arrepentiría.
Por fuera era la novia perfecta, la que apaga la luz y gime bajito. Esa madrugada llegué encendida desde la pista y decidí que ya no iba a fingir.
Solo quería darle celos a mi ex. No imaginé que esa noche terminaría subiendo unas escaleras escondidas con el patovica que vigilaba la entrada.
Esa tarde cruzó la cortina de la trastienda sabiendo que iba a cumplir cada orden, por degradante que fuera, sin que nadie la obligara a hacerlo.
Le había escrito que sería mi primera vez sometido. No imaginé que el primer gesto al abrir la puerta sería una bofetada y la orden de arrodillarme.
Entró al mercado medio derruido buscando pruebas para una denuncia y encontró a cuatro hombres dispuestos a usarla como nunca nadie la había usado.
Subió la calefacción a tope para que ninguno de ellos dejara de sudar. Quería que llegaran cansados, sucios y con hambre de hacerle todo lo que nadie se atrevía a pedirle.
Bajé a su casa creyendo que era un favor cualquiera entre vecinos. Me recibió con una sonrisa que no admitía preguntas y una orden que no supe negarme a cumplir.