La invitación de los dos amigos que no era solo un trago
Cuando Mateo me sentó entre él y su amigo Iván, y las dos manos empezaron a subirme por los muslos al mismo tiempo, supe que la invitación al bar era otra cosa.
Cuando Mateo me sentó entre él y su amigo Iván, y las dos manos empezaron a subirme por los muslos al mismo tiempo, supe que la invitación al bar era otra cosa.
Cuando volví con otra botella, mi esposa ya estaba desnuda en el centro del círculo y todos la miraban como si la noche apenas empezara.
Creí que la noche acabaría en nuestra terraza, pero él ya había decidido hasta dónde iba a llevar mi obediencia.
Mara oyó los aplausos detrás de ella y entendió que la prueba apenas empezaba, aunque su cuerpo ya temblaba sobre el mármol.
Viajamos para reencontrarnos, pero bastaron unos tragos, un baile pegado y una confesión para que termináramos follando sin frenos.
Cuando el marcador se volvió imposible, entendí que ya no era una invitada: era el premio, y todos me estaban mirando como si ya me hubieran desnudado.
Entré a brindar con ellos por curiosidad, pero cuando cerraron la puerta de la obra y me rodearon, supe que no iba a salir igual.
Todo empezó con miradas en el vestidor, pero cuando abrí la puerta del departamento y vi a mi novia con él, supe que esa noche se iba a descontrolar.
Mi jefa quería un suplemento revolucionario, pero nadie imaginó que la primera prueba terminaría con gemidos sobre mi escritorio.
Me llevaron a la oficina con un collar al cuello, y cuando vi a los hombres alrededor de la mesa entendí exactamente para qué me habían preparado.
Cuando apagamos las luces de la Sala 4 y Marte nos tiñó de rojo, supe que ya no íbamos a sobrevivir solo con oxígeno.
Me separé de mis amigas, acepté un trago de unos turistas y, cuando quise reaccionar, ya estaba de rodillas en la arena rodeada de hombres.
Ella decía que solo quería tragarse todo, pero aquel viernes descubrió que dos hombres más también querían usarla sin turnos ni paciencia.
Cuando dijo que había estado con dos hombres a la vez, dejamos de jugar y le exigimos que contara cada detalle sin saltarse nada.
Todo empezó con órdenes absurdas en la oficina, y terminó conmigo abierta de piernas para clientes, desconocidos y fiestas que no podía olvidar.
Le mandé el audio a las tres de la mañana: mañana volvemos y esta vez sin freno. Ella respondió con una lista de lo que quería que él nos hiciera.
Tres hombres en casa, una sola cama y yo en el centro de todo. Aprendí lo que significa reinar sobre una manada... hasta que quise algo más.
Me vestí para provocarlo, segura de que esta vez llevaría yo el control. No imaginé que bastaría una mirada suya para que toda mi seguridad se viniera abajo.
Cuando Eduardo abrió la puerta esperaba encontrarla sola y dócil, como siempre. No esperaba verme arrodillado entre las piernas de su mujer, ni la sonrisa con que ella lo recibió.
Se fueron las tres solas, con las maletas llenas de bikinis diminutos y una sola intención. Mi mujer me dijo que mejor me lo contaba a la vuelta. Y vaya si me lo contó.