La partida de póker terminó conmigo entre sus amigos
Bajé las escaleras vestida para servirles tragos, pero todos en esa sala sabían que el verdadero premio de la partida no estaba sobre la mesa, sino entre sus manos.
Bajé las escaleras vestida para servirles tragos, pero todos en esa sala sabían que el verdadero premio de la partida no estaba sobre la mesa, sino entre sus manos.
Subí el vestido escalón a escalón mientras ellos me seguían por la escalera. Para cuando llegamos a mi habitación, ya no había nada que disimular.
Sabía que dos desconocidos me observaban desde la terraza de arriba. Lo que no imaginé fue que esa misma tarde los tendría a ellos y a su hermana en nuestra cama.
Le dije a mi novio que quería estar con más hombres esa noche. Él sonrió, abrió la puerta y dejó que entraran uno tras otro mientras yo perdía la cuenta.
Entramos buscando un gangbang y solo había dos hombres sentados con la toalla puesta. No imaginaban la suerte que acababan de tener.
Cuando volví a la cocina por los hielos, mi mejor amiga estaba de rodillas frente a uno de los chicos. Y los demás venían justo detrás de mí.
Aceptamos las reglas sin saber del todo a qué nos entregábamos: una isla, varios amos y la promesa de que un no siempre sería un no. El resto lo decidía el deseo.
No conocía sus nombres, solo sabíamos que trabajábamos para la misma empresa. Dos horas después estaba desnuda entre los seis, decidida a no arrepentirme de nada.
Ella calentó a medio grupo de extranjeros desde la piscina, y cuando uno se plantó frente a mi tumbona descubrí que aquel verano no íbamos a privarnos de nada.
Bajó al escenario solo para bailar. Cuando la correa que sostenía a aquel hombre cayó al suelo, supe que ninguno íbamos a controlar lo que vendría después.
Entró buscando un consolador y terminó arrodillada en una cabina a oscuras, sin saber cuántas manos la tocaban ni cuántas bocas esperaban su turno.
Me vestí con la ropa más sosa que tenía para no dar señales. Lo que no calculé fue que en ese piso no vivía solo, y que yo seguía siendo la misma de antes.
Bajé al salón en tanga sabiendo que él me miraba desde el otro sofá. Al otro lado de la pared, mi amiga emitía su directo con el novio. Y yo solo pensaba en qué puerta abrir esa noche.
Éramos dos lesbianas de vacaciones buscando una última noche juntas; jamás pensé que un simple beso terminaría con todos enredados en el mismo sofá.
Acepté aparecer en una casa rural, a horas de mi ciudad, para entregarme a un grupo de hombres que no conocía. Nunca pensé que me gustaría tanto.
Una semana después de la fiesta seguía pensando en ellos. Así que les escribí a todos, me puse el vestido más corto y fui a la casa donde sabía que nadie nos interrumpiría.
Cuando Daniela me preguntó si había traído el juguete, supe que esa noche en mi casa vacía iba a terminar muy lejos de donde yo creía controlar.
Pedí una soda porque no me dejaron beber, y esa misma noche un grupo entero de extraños decidió que yo era el centro de su fiesta privada.
Bajé al agua con el bikini negro que ellos me habían elegido. Tres hombres me esperaban en la penumbra, y yo sabía exactamente para qué.
Cuando Mariana bajó cambiada y sus amigas la siguieron, supe que esa reunión de oficina no iba a terminar como ninguna otra velada entre conocidos.