Lo que descubrí del ingeniero maduro una noche
Siempre éramos los últimos en apagar las luces. Esa noche entré sin avisar y lo que vi me cambió cada turno que vino después.
Siempre éramos los últimos en apagar las luces. Esa noche entré sin avisar y lo que vi me cambió cada turno que vino después.
Me escondí en el descanso de la escalera solo para oír su voz grave hablar de mi cuerpo. Sabía que estaba mal. También sabía que ya no podía dejar de buscarlo.
Llevaba todo el día sin ganas de nada. Hasta que al encender la caldera vi a la mujer del edificio de enfrente caminar casi desnuda por su cocina, ajena a mi mirada.
Bastaba con cerrar la puerta, ponerse el encaje y encender la luz para dejar de ser Damián. Lo que no sabía es quién lo miraba del otro lado.
Me senté en el puesto del copiloto solo por curiosidad, pero esa noche entendí que algunas decisiones se toman sin pensarlas demasiado.
Me abrió la puerta solo en vaqueros y supe que no íbamos a ver ninguna película. Lo miré de arriba abajo y la boca se me hizo agua.
Lo nuestro ya había terminado, pero esa noche de verano descubrí hasta dónde era capaz de llegar con tal de sentirlo otra vez dentro de mí.
Detuvo el coche frente al edificio con las manos temblando. Ella lo esperaba tras la ventana, y ambos sabían que esa copa de vino era solo el principio.
La amistad con aquel viejo bruto y bonachón se torció una tarde de vino, en un pueblo perdido, cuando me dijo al oído lo que pensaba hacer conmigo.
A ciento cincuenta metros de mi sombrilla, ella lo acariciaba sin disimulo. Supe que volvería por las dunas para no perderme nada de lo que vendría después.
Solo quería sentirme nena un rato bajo la ropa de chico. No imaginé que él se daría cuenta, ni que esa noche terminaría arrodillada frente a él.
Cuando subí a la camioneta con mi novio inconsciente en el asiento de atrás, su padre ya tenía esa sonrisa de quien sabe exactamente lo que va a pasar.
Estaba sola en la barra, aburrida y con dos tragos de más, cuando él se sentó a mi lado y me miró como si ya supiera todo lo que íbamos a hacer esa noche.
Sabía que me espiaba cada tarde desde su balcón. Lo que no sabía era cuánto me gustaba a mí que lo hiciera, ni hasta dónde estaba dispuesta a llegar.
Subió al cuarto de mantenimiento sin avisar y me pilló sin camisa. Esa risa suya, sin vergüenza, fue el principio de algo que tardé años en confesar.
La rabia la empujó a bajarse del auto en plena carretera. Lo que no imaginó fue que terminaría la noche en la cabina de un camionero al que acababa de conocer.
Crucé media España para dejar atrás aquella tarde en la piscina, pero la música y un desconocido me arrastraron a repetir lo que juré no volver a sentir.
Desde la oscuridad los miraba a través del cerco de plantas. Él era pequeño y callado, pero lo que ocultaba bajo el pantalón me quitó el aliento esa noche.
Llevaba meses cruzándolo en el agua sin decirnos nada. Aquel domingo, cuando sus manos rozaron mi cintura en la escalerilla, dejé de fingir que no lo deseaba.
Cuando la asistente del director me entregó la bolsa con la lencería, supe que no había vuelta atrás: esa noche pertenecía a todos los hombres de aquella sala.