El castigo que la corredora le dio al exhibicionista
Llevaba años exhibiéndose impune ante las corredoras del parque. La noche que eligió a la mujer equivocada descubrió hasta dónde llega un castigo.
Llevaba años exhibiéndose impune ante las corredoras del parque. La noche que eligió a la mujer equivocada descubrió hasta dónde llega un castigo.
Llevaba toda la noche esperándola, atado a la cama de aquella casa, sabiendo que el domingo ella regresaría a terminar lo que habíamos empezado.
Cuando Noa le ofreció ponerle crema al capitán, ninguno imaginó que ese gesto encendería todo lo que vino después en la cala escondida.
Connor no hablaba una palabra de español, así que cuando empecé a desnudar a mi mujer delante de él, no entendió nada hasta que ya era demasiado tarde para irse.
Sonó el teléfono pasada la medianoche. Era ella, pero no dijo una palabra: solo giró la cámara para que yo viera, en la penumbra de aquel coche, lo que hacía.
Cuando por fin abrió los ojos, descubrió que los cuatro sillones que rodeaban la cama ya no estaban vacíos. Y entonces entendió a qué jugaba él.
Cinco hombres, un autobús vacío y una ruta que se desvió de su recorrido. Reconocí cada una de sus caras y supe que esa noche no llegaría temprano a casa.
Toqué la puerta de madera esperando a mi padre, pero quien me abrió fue el capataz, con una sonrisa distinta. Y entonces me dijo que él no estaba.
Nunca me habían dado un masaje solo en los pechos, y mucho menos con mis cuatro amigas mirando desde el borde de la piscina, esperando su turno.
Cuando bajé desnuda por un café a medianoche, no esperaba encontrarla en la cocina, en camisón, con una confesión que lo cambiaría todo entre nosotras.
Veníamos a recuperar nuestra relación y terminamos desnudos frente a dos desconocidos en una cala que solo nosotros conocíamos esa mañana.
Damián me siguió hasta el agua para verme el culo de cerca. Lo que empezó como un juego entre risas terminó con las dos parejas encerradas en su apartamento.
Marina me vendó los ojos y susurró que esa noche eligiera yo. Tres mujeres me miraban desde la penumbra de la terraza, y mi corazón latía como un tambor.
Habíamos quedado cinco para esa tarde de verano. A las siete sonó el teléfono, uno de nosotros no venía, y aun así abrimos la puerta a dos desconocidos.
Solo me puso una condición: si no le gustaba él, no había nada. Lo que no esperaba era que, al final de la noche, fuera ella quien decidiera dejarme a solas con la otra.
Pensé que solo era una broma entre sábanas, hasta que ella pronunció el nombre de nuestro amigo más joven y me confesó que lo deseaba de verdad.
Llevaba años guardando esa fantasía sin contársela ni a mi marido. Esa madrugada, en una casa que no era la mía, dejé de imaginarla y empecé a vivirla.
Cuando Marina los llevó al sofá y les pidió que empezaran sin prisa, supe que esa cena con la pareja del gimnasio no iba a terminar como cualquier otra noche.
Llegamos nerviosos, con la excusa de unas copas. Media hora después estábamos los cuatro desnudos en la piscina y ya nadie hablaba de irse temprano.
Después de tantos años, una conversación sincera tras la cena bastó para que las dos parejas cruzáramos la línea que siempre habíamos rodeado sin atrevernos.