La abogada que me esperaba en la playa del litoral
Ella llevaba las riendas de su matrimonio, pero esa mañana en la arena descubrí cuánto le gustaba que un desconocido le marcara quién mandaba, con su marido mirando.
Ella llevaba las riendas de su matrimonio, pero esa mañana en la arena descubrí cuánto le gustaba que un desconocido le marcara quién mandaba, con su marido mirando.
«Solo los tres primeros niveles», le prometí en el avión. Ninguno de los dos imaginaba hasta dónde nos llevaría ese cuaderno de retos antes de volver a casa.
Ella tenía novia y yo arrastraba una relación que se apagaba. Nos fuimos a la costa como amigos. Lo que pasó en esa habitación de dos camas no estaba en mis planes.
Durante eones solo conocí el silencio del vacío. Hasta que enganché una señal en un mundo azul y, sin pedir permiso, me colé en el cuerpo de una mujer que ardía.
Solo quería ver caer el sol y fotografiar el mar. Entonces escuché otra bicicleta acercarse por la arena, y supe que aquella tarde no terminaría como las demás.
Iván seguía dormido entre mis brazos cuando un ruido en el pasillo me sacó de la cama. No imaginaba que el último día sería el más caliente de todos.
La primera vez que lo vi sin camiseta en la playa me quedé sin aire. Era el hombre de mi madre, pero yo ya no podía mirarlo como un hijo mira a un padre.
Le ofrecí la ventanilla a la señora del autobús y ni me miró. No imaginaba que el verdadero viaje empezaría en el comedor del hotel, frente a dos extraños.
Me hice el dormido para mirarlo. Lo que vi esa noche en la otra cama cambió por completo el rumbo de aquel viaje.
Le aposté que si le ganaba en la cancha esa tarde me lo cobraría con él. Se rió. No sabía que yo llevaba años esperando ese momento.
No podía dejar de mirar el cuerpo de Bruno bajo el agua, y cuando se dio vuelta con los ojos cerrados supe que esa tarde íbamos a cruzar una línea que llevábamos años evitando.
Contamos hasta tres y nos quitamos el bañador delante de todos. Lo que no sabía era que ella había guardado una llave en su collar para el resto del día.
Nadie imaginaría que esos tenis gigantes y ridículos guardan mis secretos. Esa noche en la carretera, con todos dormidos, me atreví por fin a lo que tanto fantaseaba.
Elegí el lugar más cercano al agua, dejé caer el bikini y, antes de tumbarme, busqué con la mirada a quien no había podido apartar los ojos de mí.
Ninguno se atrevía a moverse, pero ella sabía que bastaba un gesto suyo para que la playa entera contuviera la respiración y el círculo dejara de ser solo arena.
Ninguna lo dijo en voz alta, pero ambas lo sabían: cada gesto bajo el sol era un desafío, una invitación que nadie en la playa logró ignorar esa tarde.
Dos cuerpos brillantes de aceite, un círculo de hombres mirando y una pregunta sin respuesta: ¿iban a pelear por la atención o a repartírsela como cómplices?
Nadie se atrevía a moverse, hasta que ella alzó el frasco de aceite hacia los desconocidos y, sin decir una palabra, los invitó a formar parte del juego.
Cuando el sol empezó a caer, ninguna de las dos mujeres mandaba con palabras: bastaba una mirada para que cada mano supiera dónde debía posarse.
Cuatro manos la alzaron sobre la arena mientras el círculo entero contenía la respiración, esperando ver hasta dónde se atrevería a llegar esa tarde.