La propuesta indecente que acepté en el trabajo
Se apoyó en el mostrador, me miró directamente y me propuso ir a su hotel. A mis treinta y ocho años pensé que ya no me pasarían estas cosas.
Se apoyó en el mostrador, me miró directamente y me propuso ir a su hotel. A mis treinta y ocho años pensé que ya no me pasarían estas cosas.
Valeria me pidió que los mirara. Solo mirar. Un bar secreto, su amante, la dueña del local y yo. Nadie calculó cómo iba a terminar esa noche.
Natalia solo quería depilarse antes de ir a la playa. No esperaba que la esteticista del hotel fuera tan impresionante, ni lo que encontraría bajo su bata.
Llevaba siete días contando las horas. Cuando lo vi cruzar la puerta del aeropuerto, me importó poco estar con la regla: esa noche no iba a esperar nada.
Se metió en mi cama con el camisón subido hasta la cintura. Dijo que era para hablar. Pero cuando encontró lo que había debajo de la sábana, todo cambió.
Cuando los demás seguían bebiendo, yo ya tenía a Andrés arrinconado en el callejón. Llevaba horas sin poder quitarle los ojos de encima.
Claudia se creía una madre respetable, religiosa, fiel. Pero aquella tarde, arrodillada frente a su propio hijo, entendió que no podía seguir ignorando algo oscuro en ella.
Sofía llevaba semanas con esa mirada traviesa. Cuando me propuso que un extraño la viera tocarse por cámara mientras yo observaba en silencio, dije que sí sin dudarlo.
Entré a su cuarto esperando lo peor y salí con la certeza de que nunca volvería a verme los pies de la misma manera.
Cuatro semanas mirándola moverse entre las mesas, deseando lo que no me atrevía a nombrar. Después de eso, nada volvió a ser igual.
Ella tenía 67 años y la sonrisa de quien ya lo ha visto todo. Cuando la llevé a la cama esa noche de nochevieja, no calculé que me quedaría mirándola durante horas.
El autobús iba vacío y mi novia lo sabía. Cuatro horas de noche, un chofer en la cabina y nosotros dos solos en el fondo.
Llevábamos horas bebiendo cuando le pregunté, sin mirarlo, si alguna vez había estado con un hombre. La pausa que siguió duró una eternidad.
Estaba tumbada boca abajo cuando llegué y sus curvas bajo el sol eran imposibles de ignorar. No debería haberla tocado. Lo hice de todas formas.
Llevábamos semanas hablando por mensajes. Cuando al fin la vi llegar con esas mallas ajustadas, supe que esa noche iba a ser diferente.
Cuando entró a mi cuarto esa noche, sin nada encima, supe que no era solo por el miedo a los truenos. Mi madre lo sabía todo. Y yo lo sabía también.
Sofía tenía los labios más carnosos que había besado en mi vida. Esa tarde en la playa nudista, los seis decidimos que ya no había vuelta atrás.
Cuando Marcos me habló del tipo que se bañaba desnudo a la orilla del río, no pude sacarlo de la cabeza. Esa noche fui a verlo con mis propios ojos.
Llevaba todo el día esperándome y yo lo supe antes de que dijera una sola palabra. El delantal, su sonrisa, y el calor que salía de ella.
Llevaba una hora con el cuerpo encendido y sin Rodrigo en casa. Cuando llamé al sexshop, nunca imaginé que el empleado aparecería en mi puerta diez minutos después.