La rubia del bar me llevó a su cama esa noche
Se sentó frente a mí en un bar casi vacío, me cogió las manos y me dijo que se me veía triste. Tres horas después yo estaba desnuda en su cama, y no quería irme.
Se sentó frente a mí en un bar casi vacío, me cogió las manos y me dijo que se me veía triste. Tres horas después yo estaba desnuda en su cama, y no quería irme.
Me dejó agitada frente al espejo, con la ropa a medio acomodar y una promesa colgando en el aire: esto no se iba a quedar así.
Solo quería un teléfono para llamar a la grúa. Terminé entre dos desconocidas que decidieron que esa noche tranquila me incluía a mí.
La cala estaba casi vacía cuando Carla se quitó el vestido sin pudor, y Lucía entendió que aquel verano no iba a tratarse solo de trabajar.
Bajé por mi chaqueta para irme sin molestar. Entonces vi la mano de Daniela perdida bajo la ropa de Paula, y mis pies se negaron a moverse de aquella puerta.
Cuando le inmovilicé la cabeza entre mis muslos esperaba que se resistiera. En vez de eso, sentí su aliento caliente contra mi ropa interior y un gemido bajo.
La recuerdo en la puerta de su librería, con el pelo casi blanco y esos ojos imposibles. Pasaron diez años hasta que volví a tenerla cerca, y esta vez no pensaba dejarla ir.
Renata me llamó para pedirme un favor, pero quien me dejó sin aliento esa tarde fue la mujer que terminaba de limpiar y me esperó junto al ascensor.
Yo no conocía a nadie en esa cena de chicas, hasta que ella entró por la puerta y nuestras miradas se quedaron pegadas por encima de los platos.
Llegó del brazo de mi amigo, con esa boca de labios carnosos, y supe enseguida que esa noche, en mi cumpleaños, iba a ser mía aunque fuera la novia de otro.
La discoteca cerró a las dos y ninguna quería irse a dormir. Pedimos la habitación con jacuzzi, dos botellas más y lanzamos una idea que lo cambió todo.
Llevábamos toda la noche rozándonos sin decir nada y, cuando vi el desvío hacia el bosque, supe que ninguna de las dos iba a aguantar hasta casa.
Llevaba meses notando cómo me buscaba entre la gente durante el sermón. Ese domingo decidí seguirla hasta su casa y averiguar qué escondía esa mirada.
Me descubrió con la mano dentro del pantalón, mirándola por la rendija de la puerta. En vez de gritar, sonrió y me dijo que tenía mucho que enseñarme.
Marina sabía exactamente dónde tocar para que el cuerpo de Lucía dejara de obedecerle. Esa noche, en la penumbra del hotel, decidió averiguar hasta dónde llegaba su curiosidad.
Aceptó quedarse a dormir por ser el cumpleaños de su tía favorita. No imaginaba que esa noche dos mujeres habían planeado cada caricia con precisión.
Cada noche se acercaba a esa puerta para escuchar. Lo que no imaginaba era que pronto sería ella quien estuviera del otro lado, entregada por completo.
Pasé media vida creyendo que lo tenía todo, hasta que la vi parada en la línea de producción y supe que no iba a parar hasta tenerla en mi cama.
Siempre la había deseado en silencio, escuchándola desde mi cuarto. Esa madrugada, con dos copas de más, dejé de pretender que solo era curiosidad.
Creía que yo seguía dormida mientras ella se tocaba en el suelo, junto a mi cama. No me moví. No quería que parara, todavía no.