La amiga de Daniela me buscó en el asiento de atrás
Solo iba a llevarlas a casa después de la fiesta. No imaginé que su amiga, suelta por el alcohol, convertiría ese viaje nocturno en algo que aún no termino de contar.
Solo iba a llevarlas a casa después de la fiesta. No imaginé que su amiga, suelta por el alcohol, convertiría ese viaje nocturno en algo que aún no termino de contar.
Se sentó sobre mi regazo, entre los mandos y yo, con esa sonrisa que conocía demasiado bien. «Podríamos retomar viejas costumbres», susurró.
Llevaba años siendo invisible para todos. Pero esa noche, atrapados por la tormenta en una cabaña, mi suegra dejó de ser la esposa de mi suegro para convertirse en otra cosa.
Me gusta provocar, lo admito. Pero esa mañana, cuando los subí a la camioneta sin nada bajo la calza, supe que el fin de semana se me iría de las manos.
Siempre me pregunté de dónde sacaba tanto dinero. Cuando por fin me lo mostró, mi mejor amigo estaba parado frente a mí con medias blancas y una sonrisa que lo cambiaba todo.
Solo quería mirar desde lejos, como siempre. Lo que no esperaba era que él me descubriera con los ojos clavados donde no debía.
Apenas sabía su nombre cuando ya estaba de rodillas en mi cama, suplicando que no parara. Nunca había estado con alguien que disfrutara el sexo con esa intensidad.
El apartamento era un congelador, así que llamé a su puerta para preguntar por la calefacción. Salió en pijama, despeinada, y me ofreció un café que tardé en olvidar.
Mi novio creía que no me animaría. Apostó que solo lo calentaría desde la ventana, pero esa tarde el jardinero terminó arrodillado frente a mí.
Le dije a un desconocido que mi esposa dormía en casa sin pensarlo, y esa frase encendió algo que llevaba años apagado entre nosotros.
Entré a ese taller dando órdenes, como hago siempre. No imaginé que aquel hombre lleno de grasa iba a recordarme quién mandaba de verdad esa tarde.
Se arregló como hacía años que no lo hacía, se perfumó y condujo hasta la dirección anotada en un papel amarillo. Todo, se repetía, era por el bien de su hijo.
Nunca pensé que aquel defensor gigante al que mi padre insultaba desde la tribuna terminaría compartiendo conmigo la noche más intensa de mi vida.
Pensé que era una montaña imposible de escalar. Hasta que, a media película, se acercó a mi oído y susurró que tenía una idea malévola.
Levanté la mirada hacia la profesora que todos temían y se me heló la sangre: era ella, la mujer con la que me había masturbado por cámara durante dos años.
Llevábamos meses juntos cuando me atreví a decirle, con su sexo aún en mi mano, que jamás había deseado tanto a un hombre que entendiera el placer.
Pensaba que el sótano sería solo para mí: la peluca, el vestido corto, los tacones y la cámara. No conté con que alguien más tuviera llave esa tarde.
Le pedía que subiera tal como estaba, con la camiseta colgada del hombro y el olor del trabajo en la piel. Nunca le conté que era a él a quien más extrañaría.
No los elegí a los tres a la vez. Pasó de a poco, hasta que una noche descubrí que se mandaban mensajes entre ellos para sacarse del medio.
Se sentaron una a cada lado, seguras de que iban a desarmarme con sus juegos. Tardé toda la cena en dejárselo creer, y solo cinco minutos en darles la vuelta.