El secreto que Carolina confesó cuando se quedaron solas
Carolina nunca le había contado a nadie lo que deseaba en secreto. Esa noche, con la casa para ellas dos, decidió que su cuñada sería la primera en escucharlo… y en algo más.
Carolina nunca le había contado a nadie lo que deseaba en secreto. Esa noche, con la casa para ellas dos, decidió que su cuñada sería la primera en escucharlo… y en algo más.
De todas las que pasaron por aquella fiesta, ella fue la única que no probé. Por eso, cuando su nombre apareció en mi teléfono al día siguiente, supe que no iba a poder negarme.
Aceptó la invitación para pagarle a su novio con la misma moneda y eligió al zombie de rasgos finos, sin imaginar lo que descubriría al quitarle el disfraz.
Llegué a casa creyendo que podría dormir, pero el teléfono vibró con su nombre en la pantalla y supe que esa noche no iba a descansar.
Entré al baño del bar buscando un momento de calma y la encontré a ella, con los ojos cerrados y las piernas abiertas, sin la menor intención de detenerse cuando me vio.
Llegamos haciendo rugir la moto para que todos miraran. Pero yo solo tenía ojos para la chica de la tienda de al lado y para lo que esa noche íbamos a compartir.
Veinte años separaban a Mariana de su maestra, pero cuando aquella mano se detuvo en su cadera durante el ensayo, supo que ya no la miraba igual.
Cuando se echó a llorar en mi hombro y confesó que su marido ya no la tocaba, supe que esa tarde el masaje iba a terminar de una manera muy distinta.
Llevábamos mes y medio escribiéndonos cada mañana y cada noche. Cuando por fin la vi sentada en aquella mesa, supe que ninguna de las dos dormiría sola.
Cruzaba la calle cada mes para hacerme la cera, sin imaginar que la chica de manos suaves estaba esperando la misma señal que yo.
Cada vez que la chica entraba a su casa, algo se encendía dentro de ella. Aquella tarde, por primera vez, no había nadie más para interrumpirlas.
La conocí en las excursiones, exótica y segura de sí misma. Jamás imaginé que un comentario suyo en la piscina acabaría conmigo desnuda en la habitación de mi marido.
Llevábamos meses desayunando juntas después de dejar a los niños. Esa mañana la noté distinta, y lo que me escribió en el móvil lo cambió todo entre nosotras.
La detesté desde que entró: alta, callada, insoportable. Lo que no esperaba era pasar la noche imaginándola, ni lo que vendría después en la oficina vacía.
Hacía más de diez años que no la veía. La encontré frente a la estantería de los consoladores y, sin pensarlo, le ofrecí mi número.
Frente a la cámara, la sexóloga prometió una simple clase de anatomía. Pero cuando la conductora deslizó la mano bajo su tanga, las dos supieron que ya no había vuelta atrás.
La diferencia de edad debía ser un problema, no una invitación. Pero cuando ella dejó caer los zapatos y me miró desde el sofá, supe que iba a obedecer cada orden.
Tenía un vestido rojo demasiado ajustado y cuarenta y dos años recién cumplidos cuando aquella rubia apoyó la mano en mi cintura y me apretó contra ella.
Pensaba que lo más difícil del año sería aprobar el examen de inglés. Me equivoqué: lo más difícil fue disimular cuánto deseaba a la mujer que venía a enseñarme.
Dijo entre risas que le gustaba dormir de cucharita, pegó su cuerpo al mío y, en la oscuridad de esa habitación prestada, entendí que no era ningún juego.