La primera vez que lo hice con una pareja
Valeria me llamó para contarme que su marido quería un trío. Colgué pensando que era su problema. Esa noche estaba en su sala, copa en mano y el corazón a mil.
Valeria me llamó para contarme que su marido quería un trío. Colgué pensando que era su problema. Esa noche estaba en su sala, copa en mano y el corazón a mil.
Guardé el vibrador en la mochila y salí de casa sin decírselo a nadie. El camino de los pinos estaba oscuro y frío, y esa noche quería exactamente eso.
Travestí de clóset, fui a la entrevista más importante de mi carrera con un calzón de encaje bajo el traje. Pensé que nadie lo sabría. Me equivoqué.
Abrí el cajón de la mesa de noche. El libro estaba ahí, donde siempre. Y en diez minutos ya no podía quedarme quieta.
Me mudé a una ciudad desconocida y el primer hombre que entró en mi piso fue también el más atractivo. Tenía novia, pero eso no le importó.
Pedaleaba despacio, sin ropa interior, solo porque me gustaba sentir el aire. No esperaba que el asiento se convirtiera en algo más.
Iba vestida para una fiesta y él llevaba años esperando esa oportunidad. Cuando abrí la puerta, el compadre de mi esposo entró detrás y cerró con llave.
Cuando llegamos a casa de Pablo y Vera, el champán ya estaba frío. Yo traté de aparentar calma. Mi cuerpo llevaba semanas traicionándome cada vez que él lo mencionaba.
Cuando sonó el timbre supe que no podía echarme atrás. Llevaba meses preparándome para ese momento, pero nada me había preparado de verdad.
La primera noche solo me tocó. La segunda se montó encima sin que yo dijera una palabra. Su marido roncaba a un metro. Elena, casada y madura, me eligió a mí.
Todo el campus envidiaba al chico que el grupo de Rebeca había adoptado. Nadie sabía lo que le costaría ser de las suyas.
El pantalón le marcaba cada curva mientras cruzaba el patio bajo ese sol de mayo. Magdalena sabía que la miraban. Lo que no sabía era lo que planeaban dos de ellos.
Me puse la ropa interior más provocadora que tenía y caminé sola hasta la orilla del río. Esa noche descubrí que el cuerpo siempre sabe lo que quiere.
Desde mi azotea tenía vista directa al patio de mi vecina. Llevaba semanas mirándola cuando noté algo raro en sus movimientos. Nunca imaginé lo que descubriría.
Bajo mi camisa de botones hay encaje. Bajo el pantalón formal, medias de red y ligueros. Mis compañeros ven a Matías. Yo sé quién soy en realidad.
Cuando escuché el carrito del elotero pensé solo en saciar el antojo. Lo que no esperaba era que terminara su noche en mi cocina, mirándome como si yo fuera el postre.
Elena lo propuso como si fuera un juego inocente. Cuando Roberto puso los labios en la nuca de Marcos, los cuatro supieron que ya no había vuelta atrás.
Mi marido disfrutaba que los hombres me devoraran con la mirada. Esa noche, dos de ellos hicieron mucho más que mirar.
Cuando Bruno apagó las luces exteriores para dejar que la luna hiciese su trabajo, algo cambió en el ambiente. Las mujeres empezaron a bailar juntas y yo ya no podía apartar la mirada.
Tenía cinco universitarios que pagaban bien y comenzaban a faltar. La solución llegó cuando mi esposa entró al cuarto de estudio y todos olvidaron las derivadas.