El regalo que mi tía me dejó la noche de Navidad
Bailamos hasta que la casa quedó en silencio. Cuando ella abrió la puerta de mi cuarto y dijo que necesitaba un favor, supe que esa Navidad lo cambiaría todo.
Bailamos hasta que la casa quedó en silencio. Cuando ella abrió la puerta de mi cuarto y dijo que necesitaba un favor, supe que esa Navidad lo cambiaría todo.
Hacía más de cuatro años que no la veía. Reservé una localidad para su obra sin sospechar lo que pasaría después, ya de madrugada, en mi casa.
Llevábamos media vida midiéndonos en silencio. Hasta que la mujer que él perseguía tocó mi puerta una madrugada de agosto y eligió quedarse.
Cruzamos una sola mirada entre los percheros y supe que esa tarde no iba a volver a casa siendo la misma. Él tampoco lo sabía todavía.
Me tomo la pastilla, elijo bien y me dejo llevar. El morbo no está en el riesgo, está en perder el control con alguien que sabe exactamente lo que quiero.
Tres noches durmiendo a su lado en esa cabina diminuta, hasta que una madrugada su mano enorme empezó a recorrerme como si yo ya le perteneciera.
Fui a recoger a mi hija al aeropuerto fingiendo que esos diez días con su marido no habían significado nada. Pero mi cuerpo ya había aprendido otra cosa.
Tenían veintipocos años, eran descarados y guapos, y eran amigos de mi hijo. Yo acababa de cumplir los cincuenta. Esa noche, junto a la piscina, dejé de fingir que no los deseaba.
A los sesenta y cuatro años, Amparo sacó del armario la minifalda de cuero que nunca se atrevió a usar. Esta vez sí pensaba ponérsela: él llegaba el lunes.
Llevábamos cinco días encerrados en la misma cabina, y esa madrugada, con el motor apagado y el calor pegándose a la piel, dejé de fingir que no lo deseaba.
Quería una rosa en el glúteo derecho. Lo que no imaginé fue lo que sentiría cuando las manos de aquel desconocido empezaron a recorrer mi piel desnuda.
Volví al campo después de años en la ciudad y, buscando a mi padre entre el maíz, encontré a mi madre de rodillas frente a uno de sus peones.
Me gritó en el ascensor y diez minutos después me arrastraba a su piso. Yo era virgen, torpe y estaba aterrado; ella sabía muy bien lo que quería de mí.
Llevaba un mes en recepción cuando la fiesta de viernes lo cambió todo: una mano bajo la mesa, una decisión que no pensé, y un lunes que ya no fue trabajo.
Tenía la edad de mi hija mayor y se empinaba para mirarme el escote mientras yo firmaba. No dije nada. Al día siguiente elegí el vestido pensando en él.
Apagué la luz convencida de que no vendría. Entonces sonó el timbre dos veces y supe que esa noche no iba a dormir nada.
Subí a su auto empapada, pensando solo en cambiarme de ropa. Don Mauricio tenía otros planes, y yo llevaba meses esperando que por fin se atreviera.
Conduzco hacia el claro del bosque pensando lo mismo de siempre: amo mi trabajo. Él ya está esperando, nervioso, sin imaginar lo que viene.
Metí la cabeza por el costado de la cascada esperando una cueva vacía. Lo que encontré ahí dentro me cambió la tarde entera.
Todos en la oficina hablaban del cuerpo de la mujer de Marcos. Yo solo quería comprobarlo con mis ojos, aunque para eso tuviera que inventarme un despido.