La noche que mi mujer me compartió con su amiga
Sofía llegó a casa con una propuesta que no esperaba: su amiga Valentina necesitaba sentir un hombre, y yo era la solución. Tardé dos días en decir que sí.
Relatos de encuentros grupales y placeres compartidos
Sofía llegó a casa con una propuesta que no esperaba: su amiga Valentina necesitaba sentir un hombre, y yo era la solución. Tardé dos días en decir que sí.
El ático tenía doscientos metros cuadrados, seis personas con ganas de explorar y una botella de Jäger que empezó a rodar sin que nadie la detuviera.
Cuando Rafael ordenó que me quitara la blusa, los otros dos hombres en la sala no se movieron. Nadie protestó. Nadie apartó la mirada. Eso era lo que él quería que supiera.
Rodrigo se acercó al sofá donde mi marido estaba solo y le dijo: «mi novia lleva media hora mirándote». Lo que siguió no fue predecible para ninguno de los cuatro.
Roberto llevaba meses en ayuno sexual forzado. Esa noche en Sevilla, Valeria prometió cambiar las reglas. Nadie esperaba lo que haría Natalia.
Eran amigos de años. Todos con pareja, todos celosos, convencidos de que esa noche era una cena más. Entonces Daniela sacó la baraja.
Era el partido de siempre, las cañas de siempre, los vestuarios de siempre. Hasta que Patricia dejó caer la toalla y todo cambió para los cuatro.
Cuatro hombres empapados en su puerta, la noche más oscura del invierno y una soledad de años a punto de romperse.
Cuando la lona se abrió en mitad de la noche, supimos que lo que había empezado entre nosotras iba a convertirse en algo mucho más.
Diego me escribía mensajes cariñosos mientras yo, dentro de ese jacuzzi, sentía las manos de Sergio en mi cintura y empujaba el culo contra él.
Tendida al sol sin ropa, con una docena de hombres mirándome fijamente, entendí que esa playa no era como las demás. Y no quise escapar.
Sofía lo llamó «el juego» y lo explicó con esa calma suya que lo hacía todo parecer normal. Nadie dijo que no. Nadie quería ser el primero en decirlo.
Valeria cerró el pestillo de la puerta y se giró hacia el entrenador con una sonrisa. Las demás se quedaron inmóviles. Nadie hizo nada para detenerlo.
La encontré en el patio mirándome con los ojos abiertos. Llevaba su tanga y su minifalda negra. No gritó. Solo sonrió y dijo que siempre quiso tener una hermanita.
Cada vez que Marcos encendía la cámara, creía que controlaba el juego. Esa noche, al abrir la puerta, descubrió que siempre había sido la pieza que otros movían.
Cuando apuntó la cámara por primera vez, se dijo que era la última. Seis semanas después, aún seguía grabando. Y Laura seguía sonriendo desde el otro lado del objetivo.
Cuando Roberto señaló que yo era el marido, el señor Kanamoto sonrió por primera vez. Entendí entonces que mi papel esa tarde no iba a ser el de esposo.
Cuando vi las luces de esa camioneta parpadeando en el estacionamiento, supe que el desayuno familiar iba a esperar.
Volvió del trote al atardecer y la encontró en las dunas. No estaba sola. Nunca lo había estado.
La app en el móvil oculto decía tres hombres, un hotel, sin romanticismo. Solo tenía que escribir «sí». Lo hice antes de pensarlo dos veces.