Mi marido me comparte y esa noche todo se supo
Bruno me cargaba en vilo, clavada a su cuerpo como si no pesara nada, y yo me dejaba llevar. Lo que no imaginé es que alguien nos observaba desde la ventana de enfrente, cámara en mano.
Relatos de encuentros grupales y placeres compartidos
Bruno me cargaba en vilo, clavada a su cuerpo como si no pesara nada, y yo me dejaba llevar. Lo que no imaginé es que alguien nos observaba desde la ventana de enfrente, cámara en mano.
Compré lencería para una noche a solas con mi esposa. Jamás imaginé que terminaría viéndola en brazos de otro hombre mientras la mujer de él se acomodaba en mi regazo.
«Van a ser unas compras con final feliz», me dijo con esa sonrisa que no era inocente. No imaginé que esa noche acabaríamos en un laberinto de setos con otra pareja.
Maldita la hora en que abrí la boca. Solo fue un pensamiento en voz alta, pero mi mujer ya tenía el teléfono de la otra en la mano y una sonrisa que no le conocía.
Crucé la cortina convencida de que buscaba a un hombre. La mano que me tomó en la penumbra era suave, perfumada y no me soltó hasta cambiarlo todo.
Subimos con dos botellas de champán y la idea de pasar un rato agradable. Nadie nos dijo que la familia de enfrente entendía las cenas de otra manera.
Cuando Lucía y yo llegamos a esa casa, lo que vimos en el salón nos dejó sin aire. Supe que la noche apenas empezaba y que ninguno quería marcharse.
Llevaba un año escuchándola contar quién la tocaba mientras yo solo miraba. Esa nochevieja, con la copa en la mano, me susurró al oído que esta vez no me iba a quedar afuera.
Marina me vendó los ojos y susurró que esa noche eligiera yo. Tres mujeres me miraban desde la penumbra de la terraza, y mi corazón latía como un tambor.
Nunca había mirado a otra pareja coger a un metro de mí. Con mi amiga gimiendo en la cama de al lado, descubrí que mirar y dejarme ver me encendía como nada.
Cuando Diego me pidió que me sentara entre los dos asientos, supe que aquel viaje todavía no había terminado y que esa noche ninguno de los dos iba a irse temprano.
El plan era perfecto: con el disfraz de mi amigo, mi esposa jamás sabría que el desconocido que la sacaba a bailar entre las máscaras era yo.
Sofía dormía de espaldas a mí cuando los primeros gemidos atravesaron la pared. La desperté con la mano entre sus piernas: —Calla y escucha, le dije.
Si aguantábamos cinco minutos, ellas competirían después. Lo que empezó como una broma entre amigos nos terminó dejando a los cuatro desnudos en la misma cama.
Bajamos a la sauna sin bañadores y entendí que mi mujer y su prima ya lo habían hablado todo: ese fin de semana en la montaña no iba a ser lo que nos contaron.
Nunca imaginé que aquella chica tímida de gafas, que se sonrojaba al hablar de sexo, terminaría desnuda y entregada en una jaima perdida del desierto.
Habíamos quedado cinco para esa tarde de verano. A las siete sonó el teléfono, uno de nosotros no venía, y aun así abrimos la puerta a dos desconocidos.
Solo me puso una condición: si no le gustaba él, no había nada. Lo que no esperaba era que, al final de la noche, fuera ella quien decidiera dejarme a solas con la otra.
El plan era solo tomar café y conocernos. Pero en cuanto se llevaron a Lucía a dar una vuelta en coche, supe que aquella tarde no iba a quedar en nada.
La puerta estaba entreabierta y, mientras espiaba a mi amiga con dos desconocidos, una mano me giró por la cintura. Era él. Y me sonrió como si ya lo supiéramos los dos.