Cuando Camila me confesó que era sumisa
La conocí en un trabajo grupal del primer año y desde el principio hubo algo diferente. Lo que Camila guardaba en secreto sobre sus deseos me dejó sin palabras.
Relatos de encuentros grupales y placeres compartidos
La conocí en un trabajo grupal del primer año y desde el principio hubo algo diferente. Lo que Camila guardaba en secreto sobre sus deseos me dejó sin palabras.
El papel decía solo un número de celular. Lo que encontré al llegar a casa de mis suegros ese martes borró para siempre mi idea de quién era.
Eran un tío y su sobrino, dos bestias del gimnasio que llevaban semanas mirándome. Ese domingo, algo en el aire cambió para siempre.
La primera vez que me puse su lencería y me vi en el espejo, no supe si lo que sentí era vergüenza o algo completamente distinto.
Ella llegó veinte minutos antes de la hora. Mi vecina seguía en el sofá. No tuve tiempo de nada: la puerta se abrió y todo empezó a desbordarse.
Me vestí para impresionar a nadie, o eso creía. Dos guardias me cortaron el paso con una sonrisa que decía que sabían exactamente quién era yo.
Valeria me pidió que los mirara. Solo mirar. Un bar secreto, su amante, la dueña del local y yo. Nadie calculó cómo iba a terminar esa noche.
Llevábamos horas bebiendo cuando le pregunté, sin mirarlo, si alguna vez había estado con un hombre. La pausa que siguió duró una eternidad.
Llevábamos semanas hablando por mensajes. Cuando al fin la vi llegar con esas mallas ajustadas, supe que esa noche iba a ser diferente.
El plan era que ella follara con Valeria y yo lo vería desde casa. Lo que empezó como nuestra fantasía terminó de una forma que ninguno esperaba.
Me invitaron a cenar, me contaron su vida swinger y cuando ella abrió el escote y me miró así, supe que esa noche iba a cambiar algo en mí.
Esa noche los tres llevábamos ropa liviana frente al televisor. Yo intentaba disimular lo que me hacían con solo mirarlas.
Valeria me llamó para contarme que su marido quería un trío. Colgué pensando que era su problema. Esa noche estaba en su sala, copa en mano y el corazón a mil.
Sandra tomó las botellas de vino, me miró y susurró: «Va a hacer falta, créeme». Su sonrisa era la de alguien que ya sabe cómo va a terminar la noche.
Tenía setenta años y un cuerpo que desmentía cada uno. Cuando me dijo al oído que llevaba diez años sin que nadie la tocara, supe que la noche aún no había terminado.
Iba vestida para una fiesta y él llevaba años esperando esa oportunidad. Cuando abrí la puerta, el compadre de mi esposo entró detrás y cerró con llave.
La primera noche solo me tocó. La segunda se montó encima sin que yo dijera una palabra. Su marido roncaba a un metro. Elena, casada y madura, me eligió a mí.
Cinco años juntos y yo nunca imaginé lo que guardaba en su celular. Cuando lo vi, no me enojé. Lo dejé en la mesita y empecé a planear.
Cuando vi la silla preparada con ese objeto enorme sobresaliendo del asiento, supe que la noche no sería una cena normal.
La primera vez quedó traumada y juró nunca más. Pero esa noche de junio, ella misma me preguntó si todavía conservaba el número de mi viejo amigo.