Trío en el parque con dos maduros desconocidos
Me senté a leer sola en el parque, pero dos hombres maduros terminaron rodeándome en el banco y convirtiendo la noche en algo mucho más sucio.
Me senté a leer sola en el parque, pero dos hombres maduros terminaron rodeándome en el banco y convirtiendo la noche en algo mucho más sucio.
Solo iba por unas almohadas y un helado, pero ese hombre no dejaba de mirarme las piernas como si ya supiera cómo iba a terminar la noche.
Bajé del avión buscando silencio y calas vírgenes; en recepción me dijeron que solo quedaba una suite, con una cama enorme, y que tendría que compartirla con él.
Me metí en el armario para vigilarla, convencida de que la protegía. No imaginé que la que iba a perder el control esa semana sería yo.
Siempre que me la imaginaba arrodillada frente a otro hombre algo se encendía en mí. Esa noche, en el motel, dejé de imaginarlo: ella estaba dispuesta a dármelo.
Creí que la casa estaba vacía, pero los murmullos venían de arriba. Me quedé inmóvil en la escalera, sin atreverme a subir ni a marcharme.
Empecé a bailar solo para entretener a mi marido, pero la mirada nerviosa del muchacho del camarote de enfrente me dejó claro que esa noche no acabaría en un baile.
Hacía años que ningún hombre me miraba como él desde el balcón de al lado, y esa tarde descubrí que yo tampoco quería dejar de ser mirada.
Tenía dos opciones: frenar todo y alejarla de él, o darle vía libre para que se quedara con lo que yo más quería. Elegí la peor de las dos.
Volví corriendo por el encargo de mi abuelo y, a mitad de la escalera, una ventana entreabierta me mostró lo que jamás imaginé ver de mi madre.
La sala estaba casi vacía cuando su mano se posó en el reposabrazos. Yo tenía cuarenta y dos años y creía saberlo todo sobre el deseo. Esa noche aprendí que no.
El ruido venía del gimnasio. Samanta pensó en ladrones; lo que vio detrás de la puerta entreabierta la dejó sin aire y cambió lo que sentía por su madre.
Me escondí en el descanso de la escalera solo para oír su voz grave hablar de mi cuerpo. Sabía que estaba mal. También sabía que ya no podía dejar de buscarlo.
Cada noche llegaba un coche distinto a la casa de enfrente y las luces se apagaban, todas menos una. Esa madrugada me acerqué a la ventana y ya no pude dejar de mirar.
Me asomé apenas un segundo por la rendija de la puerta. Fue lo que tardó en grabárseme para siempre, y en arruinarme cada noche que vino después.
—Solo a mirar —susurró ella en la puerta del club. Pero las manos de desconocidos ya buscaban su piel, y yo era incapaz de apartar la vista o de detenerlo.
Cuando llegué al bar, mi esposa ya no estaba sola: una desconocida le acariciaba la cintura, y lo único que yo no quería era que se detuviera.
Bajamos a la sauna sin bañadores y entendí que mi mujer y su prima ya lo habían hablado todo: ese fin de semana en la montaña no iba a ser lo que nos contaron.
La regla era simple: solo mirar, quedarnos en ropa interior y nada más. Duró exactamente hasta que ella puso mi mano sobre su pecho y me pidió que apretara.
Bajé la mirada hacia la ventana de enfrente y entendí que esa noche, entre camiones aparcados, nadie iba a correr las cortinas.